yo viví con un gato parlante…

I.

-Piensa un deseo.

Y Félix se sorprendió al darse cuenta de que, en realidad, no deseaba nada. Estaba satisfecho con su vida tal y como era. Y concedámosle que no le faltaban motivos: a sus 30 años, era un guionista de cine a punto de dar el paso a la dirección, reconocido por sus colegas y por la crítica. Vale que no era ni mucho menos famoso, pero contaba con una considerable masa de espectadores que disfrutaba sus comedias urbanas, además de 50.000 seguidores en Twitter que reían sus chistes, aplaudían sus proclamas políticas y masajeaban su ego diariamente. Cierto que alguna vez había fantaseado con un éxito comercial que le permitiera tener chalet con piscina o un deportivo, pero se había acostumbrado a su ático del centro y su estilo de vida cómodo, sin lujos pero sin complicaciones. En cuanto al amor, no tenía pareja, ni eso le quitaba el sueño. Su status de artista de culto, su buhardilla y los rollos de una noche le llenaban más que de sobra, muchas gracias.

-Mi arma, que es para hoy. -dijo la vieja gitana- Piensa un deseo y por éstas que se cumplirá.

Félix comprendió que la situación se estaba alargando demasiado y tenía que decir algo ya. La buena mujer aguardaba su respuesta expectante, con ojos llenos de agradecimiento. Félix se sintió ligeramente culpable por ello: aunque solía dar limosna a la gente necesitada, en este caso había sido excepcionalmente generoso -dos euros, nada menos- con el objeto de impresionar a Patricia, una joven actriz de TV que le compañaba. La chica había presenciado con sonrisa aprobadora el gesto de Félix, pero ahora miraba el reloj sin disimulo, como insinuando que la anécdota ya estaba perdiendo la gracia.

-¡Vale, vale! -exclamó Félix, apurado- Lo tengo.

-¿De verdad? Mira que esto solo pasa una vez en la vida.

-Descuide, lo he cavilado a fondo- dijo Félix, con irónica seriedad- Estoy seguro.

La gitana murmuró unas palabras por lo bajo, le besó en la frente y se fue. Tras un instante de muda estupefacción, Félix y Patricia se echaron a reír y reemprendieron su camino. Era una noche agradable; la lluvia de la tarde había dejado las calles húmedas y cálidas, como si hubiera querido limpiarse de turistas y paseantes y acicalarse para los auténticos noctámbulos.

-¿Qué has pedido?

-No puedo decírtelo.

-Venga…

-Que no. ¿Y si me lo gafas?

-Serás bobo…- Patricia le golpeó las costillas de modo juguetón- ¡Como me dejes así…!

-Ha-ha… ¡Ay! ¡Para, bruta!

Félix la agarró por las muñecas. Al forcejear sintió el contacto de sus pechos, pequeños y firmes, contra sí. Durante un instante, se pensó si besarla, pero rápidamente lo descartó: después de todo, habían quedado para hablar de trabajo -Patricia había aceptado protagonizar su pequeña película, por un caché muy inferior al que ella solía recibir- y entrarle durante una cita laboral podría parecer cutre, e incluso despectivo. Además, estaba descubriendo que la chica le gustaba de verdad.

-Vale, vale… te lo digo. -dijo Félix, rompiendo el contacto- Pero es un secreto.

-Que sí, pesado.

Félix cogió aire, saboreando el momento:

-¿Preparada?

-¡Acaba ya, plasta!

-Okey, ahí va: pedí que Gustav pudiera hablar.

Patricia se echó a reír. Gustav -o Gustavito, como era llamado en la intimidad- era el gato de Félix: un orondo ejemplar atigrado de seis años que había adoptado en una protectora por mediación de Belén, una ex-novia veterinaria que colaboraba allí. A decir verdad, había sido su ex quien había llevado el gato a casa, pero Félix se había encariñado tanto con el animal -y Gustav con él- que, cuando llegó la ruptura, fue Félix quien se quedó con la custodia.

Se tomaron unas cervezas más, primero hablando de la película, luego de sus carreras, y ya estaban aventurándose en confidencias personales cuando Patricia recordó que tenía clase de yoga a la mañana siguiente. La chica se despidió con un beso -profesional y en la mejilla, pero cálido- y se subió a un taxi. Félix estuvo a punto de seguir su ejemplo pero, como si tuvieran vida propia, sus pies le llevaron directo al “Súper 8”, el bar donde solía reunirse con sus compañeros de trabajo. Allí se quedaron debatiendo sobre lo divino, lo humano, y en qué punto exacto había comenzado la decadencia artística de Woody Allen cuando el local cerró y Félix, trazando unas “eses” tan amplias y preciosistas que podrían haber sido obra de un maestro de la caligrafía gótica, se fue a casa.

El teléfono sonó en la estancia diáfana que servía de dormitorio y salón, poco antes de las doce de la mañana. Félix se vio atacado por tres frentes a la vez: el irritante zumbido del aparato, un dolor de cabeza que parecía empalar su cerebro, y una insoportable presión en la vejiga. Tardó un par de segundos en decidir a qué agresión responder antes, y decidió que la mayor urgencia era la urinaria. Cogió al gato, que dormía en su regazo, y lo apartó para levantarse.

-Grmmm… cinco minutos más, hombre…

-Ni cinco ni leches. -dijo Félix, desde las tinieblas de su resaca- Que me meo…

Félix corrió al baño, somnoliento. Se bajó el calzoncillo y apenas había empezado a orinar cuando un recuerdo le empapó en sudor frío. No… no era posible que… Félix corrió de vuelta al cuarto, tan enfebrecido que ni siquiera fue consciente de que no había acabado sus quehaceres corporales.

-¿¿Gustav??

Y allí, dormitando en un rincón de la cama como si tal cosa, estaba el gato. Félix se rió avergonzado, menuda ida de olla… al bajar la cabeza, vio que había dejado el suelo de la habitación completamente regado.

-Oh, mierda… qué desastre…

-Ya te digo. Con las broncas que me caen a mí cuando meo fuera de la arena…

Félix levantó la mirada, pálido: el gato le observaba con los ojos muy abiertos.

-Gustav, ¿has…? ¿has… hablado?

-¡Hostiaputa!- dijo el gato, llevándose las patas a la boca.

II. 

En efecto, el gato había hablado. Y eso fue lo que hicieron durante el resto de la mañana y parte de la tarde en el salón-dormitorio de Félix: hablar sin parar. Resultó que Gustavito era más inteligente de lo que Félix hubiera creído posible: era como si sólo le faltara una pequeña pieza en el engranaje para comprender la realidad humana que le rodeaba, la misma pieza que le había regalado la vieja gitana.

-¿Entonces, cuando hablabas por ese “teléfono”, era para comunicarte con otros humanos?

-Claro. ¿Qué pensabas que hacía?

-Yo qué sé. Que le rezabas a un dios, o algo así.

Gustav se echó a reír. Tenía una risa sonora y muy aguda, que contrastaba con su voz al hablar,  grave y profunda. A Félix le hacía tanta gracia que se echó a reír a su vez. Y así, contagiándose el uno al otro, se pasaron una hora de carcajadas hasta que las barrigas les dolían.

-Oye, Gustavito, tendría que pasar por la productora… bueno, el sitio donde trabajo…

-Tranqui, creo que me está entrando el sueño- dijo el gato, bostezando- Esto de hablar es muy cansado…

-¿No te aburrirás? Te dejo la tele si eso…

-¿La caja esa gorda? Bah. Nunca supe qué diablos le ves…

Félix cogió el mando y encendió la televisión. Gustavito la miró con cierta desidia. Félix estaba ya a punto de apagarla cuando el gato agitó frenéticamente su pata derecha.

-Hey, espera… ¡ahora les entiendo! ¡Déjala, déjala!

-Toda tuya- dijo Félix entregándole el mando.

En la productora, Félix encontraba difícil concentrarse. No podía parar de preguntarse si estaba viviendo un sueño, esperando el inevitable momento de despertarse desilusionado en su cama. Estuvo tentado de llamar a casa, para comprobar si contestaba Gustav, pero no se atrevió a hacerlo: ¿y si contestaba?; o lo que era peor… ¿y si no lo hacía? Por suerte, la jornada en la oficina resultó más bien relajada. El guión llevaba semanas acabado, y la financiación estaba casi cerrada por completo. Tras una reunión sobre casting y un par de llamadas telefónicas, llegó la hora de marcharse. Sus colegas se preparaban para bajar al “Súper 8”, mientras intentaban decidir qué película de Wilder estaba más sobrevalorada, si “Con faldas y a lo loco” o “El apartamento”. Cualquier otro día Félix se hubiera apuntado de buena gana al plan, pero esta vez tenía más cosas en la cabeza. Se disculpó y, para sorpresa de todos los compañeros, se fue corriendo a casa.

Ya allí, sentado en el sofá viendo una película de terror al lado de Gustav, Félix se sorprendió al ver lo natural que resultaba su nueva relación: era como si, en el fondo, nada hubiera cambiado. Sólo un nubarrón enturbió la perfecta velada cuando, al terminar la película, pusieron una promo de “El encantador de perros”. El pelo de Gustav se encrespó de repente.

-¿Pero cómo ponen esas alimañas en la tele?

-Coño, Gustavito, hay que ser más tolerante.

-¿Tolerante? Esos guarros se comen su mierda. -el gato torció su hocico en una mueca de odio- Habría que matarlos a todos…

Félix intentó calmarle con una caricia, pero el gato ni siquiera pareció notarla.

-Matarlos a todos…- seguía murmurando por lo bajo.

Félix se apresuró a hacer zapping, para romper la tensión. Mientras pasaba de canal en canal, Gustav pegó un salto.

-Hey, deja ese programa!

-¿“El Club de la Comedia”? ¿En serio, Gustavito?

-Que sí, que sí. ¡Esos tipos son muy graciosos! Porfa-porfa-porfa…

Félix se encogió de hombros. “En fin, gajes de la convivencia”, pensó sonriendo. Cogió su portátil y atendió su twitter mientras Gustav se revolcaba en el sofá por la risa. Cuando el programa terminó el gato, exhausto por las risas y las emociones del día, se arrimó adormilado al muslo de Félix. Éste, conmovido, empezó a rascarle tras las orejas.

-Hey, ¿puedes hacerlo un poco más sueve? Es que siempre rascas demasiado fuerte…

-Usted perdone- rió Félix- ¿Así está bien?

-Ohhh…. sssí…. rrrrrrrr…

Y así, acurrucados el uno contra el otro, hombre y gato se quedaron dormidos en el sofá.

III

Los días pasaban plácidamente. Félix trabajaba en su película, cuya pre-producción avanzaba viento en popa, mientras Gustav disfrutaba con pasión de los placeres domésticos. Lo único que enturbiaba su  plácida convivencia eran los gustos televisivos de Gustav (además de “El Club de la Comedia”, había descubierto las reposiciones multi-canal de “Aquí no hay quien viva”), del todo incomprensibles para Félix. Intentando alcanzar un entente en este campo, una mañana Félix le dejó una recopilación de los cortos y películas que había escrito para que el gato las viera mientras él se iba a trabajar.

-¿Y bien?- le preguntó Félix ansioso, en cuanto volvió a casa.

-¿Mmmm?

-¿Que qué te han parecido?

-Ah. Pues… están bien.

-No me salgas ahora con formalismos, Gustavito. ¿Te han gustado, sí o no?

-Hombre, no sé, yo no entiendo de estas cosas pero… ¿si son comedias, no deberían dar risa?

Félix se esforzó por tragarse su orgullo y olvidar la afrenta, pero por desgracia no fue lo único que enrareció el ambiente en casa. Félix siempre había encontrado el acto de acariciar a su gato agradable y relajante, pero desde que éste había desarrollado habla y personalidad, le resultaba un punto inquietante. Era como hacerle un masaje a tu propio abuelo… y ver que éste lo goza como una perra.

-Rrrrr…. oh, sí… qué bueno eres, jodido… más abajo, más… rrrrrr…

Eso también interfería en sus relaciones femeninas, claro. El piso era más que cómodo para una persona y su mascota, pero ahora que eran a todas luces dos compañeros de piso se hacía intolerablemente pequeño cuando se traía un ligue. Como consecuencia, Félix se descubrió varias veces despertando resacoso en casas ajenas, algo que evitaba hacer desde los tiempos universitarios. Pero aunque recayera una y otra vez en el sexo esporádico, Patricia era la única chica en la que pensaba. Y, aunque ambos se comportaban con exquisita profesionalidad, reunión tras reunión, la tensión se hacía cada vez más insoportable. Así que una noche, tras una lectura de guión que se alargó más de lo previsto, Félix se escuchó invitándola a una última copa en su casa. Y, antes de que pudiera entrar en razón y retirar la invitación, ella asintió “pero sólo una, que mañana madrugo”. En cuanto subieron a casa, Félix corrió a coger a Gustav del sofá y lo llevó a toda prisa al baño.

-Esto es humillante. -protestó el gato entre dientes- Estaba viendo eso, cojones…

-Es solo por esta vez, Gustav. -susurró Félix- Te recompensaré, lo prometo…

Félix cerró la puerta del baño y se sentó con naturalidad al lado de Patricia.

-Perdona, pero… ¿estabas hablando con el gato?

-Eh… bueno, sí. A veces lo hago.

-Cierto, ahora recuerdo- Patricia rió- Ese era tu gran deseo, ¿no?

-Si te digo la verdad… a veces querría haber pedido otra cosa.

-¿Ah, sí? -dijo ella, recogiéndose un mechón tras la oreja- ¿qué pedirías?

Se miraron durante un instante eterno. Y, consciente de que el Universo no concebía para él otra alternativa, Félix la besó. Ella respondió al beso, pero al instante se separó.

-Creo que es mejor que me…

-Sí, claro, o sea… lo siento…

-No, no… Hablamos mañana, ¿vale?

Patricia recogió abrigo y bolso rápidamente y salió del piso, sin mirar atrás. Gustavito abrió la puerta del baño de un certero salto, entró en la habitación elegantemente y se sentó al lado de un fastidiado Félix. Tras unos instantes, el gato rompió el silencio.

-¿Por qué no te la has tirado?

-¿Cómo?

-Vamos, estás colgadísimo por la boba esa. ¿Por qué no le has dado lo suyo?

-Creo que ese no es asunto tuyo- dijo el chico, torciendo el gesto- Además, es normal que esté confusa, vamos a trabajar juntos y…

-¡Bah! Mariconadas -dijo el gato, riendo- Soy yo, la muerdo en el cuello y no sale de aquí, la zorra.

Más tarde, mientras observaba a Gustav carcajearse escandalosamente en el sofá viendo la enésima repetición de “La que se avecina”, Félix se dio cuenta de dos cosas: la primera, que su gato era un auténtico capullo; y la segunda, que tenía que deshacerse de él. La cuestión era… ¿cómo?

CONTINUARÁ…

NOTA: ¿continuará? ¿en serio? pues sí. verán, empecé el blog con la intención de publicar descartes o paranoias relacionadas con el stand-up, pero viendo que lo que más está gustando son los relatos y son ustedes los invitados aquí, es a lo que estoy dedicando mis esfuerzos ahora. pero diablos, este me salió muy largo, y ante la opción de tener el blog parado más de lo deseable, he decidido colgarlo en dos partes.

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