un señor tumor (true story)

tumor

I. entonces

 

-Hola, Daniel. ¿Puede escucharme?

 

Abro los ojos y veo el rostro de un hombre, casi sobre mí. Sus ojos tristones, como los de un bulldog, me observan con curiosidad. Entonces veo la bata blanca y, como un rayo, vuelven los recuerdos. Y el miedo.

-¡Doc-doctor!-tengo que tragar saliva, hablar duele- Dígame… ¿Có-cómo…?

-Shhh… no se incorpore. Todo ha ido bien. Hemos extirpado el bulto sin problemas.

Una ola de paz y calor recorre mi cuerpo. Noto humedad en mi mejilla, me doy cuenta de que estoy llorando.

-Gracias… joder, estaba tan asustado…

-Ya no tiene por qué estarlo.-sonríe- Ahora, a descansar.

El hombre al que debo mi vida se gira para marcharse. Quiero detenerle, pero no sé qué decirle, ni siquiera sé su nombre. Cuando llega a la puerta se detiene.

 

-Ah, por cierto… al final no se trataba exactamente de un tumor, como pensábamos.

-¿Ah, no? Y… ¿qué era entonces?

-Un señor.

Sonríe. Le miro fijamente, pero no dice nada más. Obviamente, he oído mal.

-Perdone, ¿cómo ha dicho?

-Un señor.

-Eh… creo que no le entiendo…

-¡Un señor!- me grita como si estuviera sordo- ¡Que tenía un señor!

-¿Es una broma de hospitales o qué? Me está vacilando, ¿no?

-No, no. ¿Quiere verlo? Está aquí mismo…

 

El médico descorre la cortina de mi derecha y le veo, envuelto en una manta: es, efectivamente, un señor. Aparenta unos cincuenta años, es obeso, con una barba negra enmarañada y cubierto de un sudoroso vello corporal. Su gigantesca boca sin dientes emite un berrido gutural.

-¡¡NNNNGGGHHHIAAAAAHHHHH!!

-¡Aaaaah!- me encojo contra el cabecero de mi cama- ¿Pero qué diablos es… eso?

-No le hemos puesto nombre aún. Supusimos que le correspondía a usted, teniendo en cuenta que… en fin, ha salido de su cuerpo.

-¡Pero deje de decir chaladuras, hombre! ¿Cómo va a salir de mí ese… ese… engendro? ¡Pero mírelo! ¡Si es gigantesco!

-Ya, a nosotros también nos sorprendió su tamaño. Estaba como agazapado detrás de su riñón derecho. Verá cómo ahora nota que anda más ligero. Bueno, les dejo solos…

-¡No! ¡Por favor, no me deje con esa monstruosidad!

-¡Oiga! -el doctor endurece el gesto- No sea tan duro con él. Piense que, a nivel genético, son exactamente iguales.

-¡¡AAAUUUUUUUNNNNGGGGGHHHHH!!

El ser aúlla como un lobo gangoso. Intento evitar su mirada, pero es repugnantemente hipnótico. Me tapo los ojos. Mejor así, sin duda.

-Pero si ni siquiera parece humano… mire cómo babea, es asqueroso…

-Lógico, acaba de nacer. Tendrá usted que enseñarle a hacer todo: hablar, caminar, defecar…

-¡¿Q-qué?!

-Sí, hombre. ¿Nunca ha tenido un gatito prematuro? Se le frota la barriga con fuerza hasta que…

-Ay, Dios… esto tiene que ser una pesadilla… Mire, ¿no podrían simplemente deshacerse de él? Tirarlo con los cordones umbilicales y esas mierdas…

-No, si lo hemos intentado pero es que es increíblemente fuerte. No soporta separarse de usted. Posiblemente echa de menos el calor de su interior…

Noto la mirada de la cosa, buscándome con la desesperación de un cachorro perdido. Bajo las manos y nos miramos.

-¡¡PAPÁ!!

 

II. ahora

 

Cuando recuerdo aquellos días, todo parece un sueño. Salí del hospital tambaleándome, débil y pálido. El señor tumor me seguía, cayéndose cada dos pasos. Intenté darle esquinazo, sí, pero él siempre volvía a encontrarme. Al final, agotado, me lo llevé a la Mansión.

 

Desde entonces, han pasado tres años. Le enseñé a hablar, a caminar y -exacto- a defecar. Y, poco a poco, aunque en secreto por la vergüenza y el temor al “qué dirán”, nació un vínculo. Matricularle en la guardería fue complicado, pero gracias a mi tesón y la comprensión de una cuidadora que también había alumbrado un forúnculo, lo conseguimos. Una de muchas pequeñas batallas para Tumor. Hoy, me enorgullece decir que somos una familia. Extraña, lo admito. Pero si nos ven pasear de la mano por los alrededores de la Mansión, corriendo para espantar a las palomas y las ratas, ¿quién no sentiría ternura? Después de todo, hay cientos de tipos de familia, y ninguna es mejor que otra.

 

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