la esperanza es un plato que se sirve frío (3)

nube

 

Continúa de cap. 1 y cap. 2

 

Capítulo 3: “Qué bello es vivir”

 

I

 

El reloj de mi teléfono marca las 7:59. Apago la alarma justo antes de que suene, no va a ser necesario. Otra noche en vela, y van… Aún así, la sola idea de salir de esta cama se me antoja titánica. Observo impotente cómo pasan los minutos: 8:05. 8:12. 8.19. Ya no tendré tiempo para desayunar. De todos modos, aunque me hubiera levantado a tiempo, el montón de platos sucios que ocupa perpetuamente nuestra cocina me habría quitado las ganas de preparar nada. La palma se la lleva un vaso con una enorme grieta en forma de “d” que, si la memoria no me falla, no ha sido lavado nunca desde que vinimos al piso. Eva lo usó para tomar un zumo -que no le gustó- y ahí lo dejamos criando moho, primero por desidia y después por curiosidad científica. Estos días, la materia verde ha adquirido un inquietante tono negruzco y está a punto de alcanzar el borde del vaso. Me gusta pensar que es una metáfora de nuestra relación. Finalmente, a las 8:26 reúno fuerzas para ponerme en pie. Pero antes de dejar el cuarto, hay una desagradable tarea de la que debo ocuparme…

 

-Eva… -no reacciona. La empujo un poco- ¡Eva!

-¿…mmqué?

-Acuérdate de que tienes que ir a firmar lo del paro hoy…

-Ya lo sé…

-Pero hazlo, ¿eh? Mira que si no, te quitan el subsidio…

-Que ya lo sé, joder… No soy subnormal.

-Lo puedes hacer por Internet si…

-¡Te quieres abrir ya!

-Vale, vale…

 

Entro en el baño y me desnudo para darme un agua rápida. Antes de meterme en la ducha, cometo el error de mirarme en el espejo. Oh, Dios. ¿En serio soy yo ese hombre viejo y fofo? Ya he pasado esa fase de parecer mi propio padre, ahora soy más bien como un primo retrasado de mi abuelo. ¿Cómo he llegado a esto? Será cosa de la resaca, imagino: esa única e ininterrumpida resaca que llevo viviendo desde hace veinte años. Les he hablado del aspecto hinchado y desaliñado de Eva, pero hay que reconocer soy un consorte más que digno. Parece increíble pensar que hubo un tiempo en el que había gente que quería follar con nosotros. Oh, y nosotros nos aprovechamos de ello, por supuesto. Luego venían las broncas, separaciones, apasionadas reconciliaciones… y vuelta a empezar desde la casilla de salida. Ahora… bueno, ahora nadie quiere follar con nosotros. Ni siquiera nosotros queremos follar con nosotros. Ocurre cada tres meses o así, en esos extraños momentos en que la intoxicación y la lujuria vencen a la aprensión. Imagino que desde fuera debe resultar un espectáculo grotesco e hipnótico a la vez, como ver dos hipopótamos locos intentando agredirse con sus genitales. Tras acabar, ni siquiera podemos mirarnos en todo el día, de pura vergüenza. Ups, las 8:51, se me ha vuelto a ir la olla. El hombre del espejo me devuelve la mirada con gesto burlón. ¿Saben? La gente se cree que tocas fondo cuando te miras al espejo y sientes asco. No es verdad. Tocas fondo el día que te miras al espejo, ves que das asco y te da igual. Entro en la ducha y abro el agua, aunque sé que no servirá de nada.

 

Salgo de mi hogar, dulce hogar. Me fumo un pitillo mientras voy de camino al trabajo, caminando a buen ritmo. Estoy a punto de alcanzar mi destino cuando miro el reloj: las 9:19. Mierda, es demasiado pronto. Doy un par de vueltas a la manzana hasta que dan las 9:25. Ahora sí, es el momento. Asomo la cabeza desde la esquina y espero. Simulo consultar algo en el teléfono unos instantes… y entonces, por fin, la veo.

 

Echo a andar hacia Ella intentando aparentar normalidad, coordinando mi velocidad con la suya para que crucemos la puerta en el mismo momento. Ambos estamos llegando ya a la entrada. Oh, Dios, la tengo a menos de un metro de distancia. Voy a abrir la puerta para dejarle paso cuando, ¡mierda! alguien se me adelanta. Consigo recuperar mi posición con un empujón casual y camino apenas un paso tras ella. Radiografío mentalmente todos los detalles de este breve encuentro: su perfume (es el de siempre), su pelo (hoy lo lleva recogido), su ropa (traje-chaqueta morado, pero no muy formal… ¿quizá vintage? Ni idea, pero le sienta de muerte), su expresión (seria, quizá más de lo normal… ¿estará preocupada? ¿Por qué? ¿Problemas en el trabajo? ¿Sentimentales?), el ruido de sus zapatos contra el suelo… Es importante absorberlo todo, porque este recuerdo, que repasaré mentalmente cientos de veces, será lo único que me hará aguantar toda la jornada en este trabajo de mierda sin estallar.

 

Atravesamos el hall y nuestros caminos se separan definitivamente: ella sube a la planta superior, mientras yo me dirijo a los vestuarios, donde me espera mi chalequito verde. Ah, no se lo había dicho, ¿verdad? Soy reponedor en una gran superficie dedicada al mundo del entretenimiento. Efectivamente, en…

 

INTERFERENCIA 01

 

Más allá de la atmósfera, allí donde ni siquiera Félix Baumgartner se atreve a aventurarse, hay un lugar rebosante de paz, armonía y lucecitas bonitas. Richard Dawkins lo llamaría ridícula fantasía fruto de la superstición y la ignorancia. Nosotros, para abreviar, vamos a llamarlo Cielo.

 

-Y bien, Salandriel. ¿Te crees preparado para ganarte tus alas?

-Sí, Padre.

-Sabes que antes debes cumplir una dura prueba.

-La que sea.

-Celebro tu entusiasmo. Pero sé cauto, la confianza en uno mismo, cuando es excesiva, puede transformarse en orgullo.

-Tiene razón, Padre. Descuide.

-¿Y cuál será tu labor entre los hombres, Salandriel? ¿Alimentar a los hambrientos? ¿Consolar a los moribundos? ¿Salvar a los descarriados?

-Ninguna de esas, Padre.

-¿Entonces?

-Quiero hacer brotar el Amor allí donde nadie lo creería posible.

 

FIN DE LA INTERFERENCIA

 

II

 

Entro en casa, con el peso de ocho horas y media de aburrimiento y humillaciones sobre los hombros, y no puedo creer lo que veo. Sobre la mesa de la cocina, hay una bandeja llena de croquetas de jamón marca “Día”, una pizza 4 quesos Casa Tarradellas y dos litronas de cerveza.

 

-¿Y esto?

-Sorpresa. He hecho la cena.

-Oh. Joder, gracias.

-Bueno…- dice sirviéndome un vaso- y también tenía que contarte una cosa…

-¿Qué ha pasado?

-Nada, que estaba saliendo de casa y me llamó Susi y… ya sabes cómo se enrolla, total… que se me fue la olla y… no llegué a lo del paro.

-Ay, Dios…

-Me cago en la puta, si es que soy lo peor. ¿Estás enfadado?

 

¿Enfadado? Bueno, supongo que debería estarlo. Menos dinero supone que no podremos pagar el alquiler, a no ser que dejemos de comer, y, lo que es peor, salir… por no hablar de las facturas. Pero no, no estoy enfadado. Hace tiempo que esta parodia de vida ha dejado de afectarme. Es como ver desde el sofá un serial de muy bajo presupuesto. Solo vivo cuando la veo a Ella… ¿de verdad estaba preocupada? ¿O son solo imaginaciones mías? ¿Cómo podría…?

 

-¡Que si estás enfadado!

-Pues… -me encojo de hombros- Ya nos apañaremos, ¿no?

-¡Yeah! –grita, aliviada- ¿Te parece si cenamos rápido y bajamos a tomar una?

 

Qué diablos, tampoco es que tenga ningún plan mejor, ¿no? Me bebo el vaso de cerveza de un solo trago. Un sabor agradable, aunque un poco amargo, recorre mi garganta. Al dejar el vaso en la mesa, veo una extraña grieta que lo recorre.

Tiene forma de “d”.

 

Continúa en el capítulo 4: “Primer contacto”.

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la esperanza es un plato que se sirve frío (2)

Continúa del cap. 1

boca

 

Capítulo 2: “La peor novia del mundo”.

 

I.

 

Supongo que no soy lo que se puede decir una persona de aromas. Sé que el campo huele a campo, la ciudad huele a ciudad y los pedos huelen a risa. Y esos son, básicamente, todos los olores que mi cerebro es capaz de distinguir. Para que se hagan una idea, la última vez que me puse colonia fue el día de mi primera comunión. Mis inquietudes en este área no van más allá de utilizar gel y desodorante Axe durante y tras mi ducha diaria. En cuanto a mi fidelidad a esta marca, no piensen que se debe a un gusto desmesurado por su olor, ni mucho menos: simplemente era la marca que me regalaban en Navidades desde la adolescencia. Muchos años después sacaron esas campañas publicitarias en las que las mujeres se transformaban en perras en celo en cuanto aspiraban sus efluvios, dejando bien a las claras cuál era el nicho de mercado que perseguía Axe: el de los gilipollas. Recuerdo haberme planteado seriamente abandonarles por su desvergüenza, pero el mal ya estaba hecho. Ahora incluso me divierte la mirada de “¿en serio?” que me echa la cajera del supermercado cada vez que compro un pack. A veces hasta me despido de ella guiñándole un ojo seductoramente, sólo por ver su expresión de contenido desprecio. Hey, es una de las ventajas de no tener orgullo.

 

No, no soy en absoluto una persona de aromas. O, mejor dicho, no lo era. Hasta que llegó ella.

 

Recibo apenas una ráfaga, cuando nos cruzamos en la puerta del trabajo, camino de nuestros mundos respectivos. Y no se debe a que utilice una colonia especialmente penetrante. Es perfume mezclado con piel mezclado con alma. Huele a bailar de noche junto al mar. Huele a cerveza fría después del sexo. Huele a despertar en una almohada fresca mientras el sol entra por la ventana. Huele a ronroneo de gato. Huele… a esperanza.

 

Sea lo que sea, es un olor que no podría ser más diferente al que invade mis fosas nasales en este momento. Estoy en la cama bajo Eva que, entre ronquidos, vuelca su aliento post-cogorza a milímetros de mi nariz. El olor es tan penetrante que atraviesa todas las barreras que podrían obstaculizar su paso como la coca – con tropezones, ¿recuerdan?- que consumí hace apenas tres horas, los mocos ensagrentados o la característica peste a miseria de nuestro piso. Ah, y si estamos así de juntitos no es por romanticismo, sino porque el otro lado de la almohada está cubierto de vómito. Pero no es la farlopa, ni los ronquidos, ni el olor lo que me mantienen despierto mientras amanece. Lo cierto es que últimamente no duermo mucho.

 

Supongo que tienen curiosidad por saber cómo acabé teniendo la peor novia del mundo, ¿verdad? No es que no fuera algo premeditado, claro. No es el tipo de meta que alguien se pone en la vida. Empezamos a salir hace como veinte –Jesús, ¡veinte!- años. Y, aunque sea difícil de creer, entonces no éramos los grotescos despojos que tienen ahora ante ustedes. De hecho, antes de inflarse por el alcohol y la medicación, Eva estaba razonablemente buena. Y debo añadir que yo, sin ser guapo, tenía lo que algunas amigas definieron como “un punto raro morboso”. Yo tocaba en un grupo “grunge”, ella cantaba en otro -además de ser camarera en uno de los bares rockeros de moda- y los dos estudiábamos en la universidad. Algunos amigos nos llamaban Kurt y Courtney –y nosotros nos hacíamos los indignados pero, por supuesto, nos encantaba. Irónicamente, con los años ha resultado una comparación más que acertada… ahora que Courtney es una yonki acabada y Kurt… en fin, supongo que ya saben lo de Kurt.

 

Pero noto cierta incredulidad en sus mirada. Están pensando: “¿La peor novia del mundo? ¡Vaya un exagerado! La chica es un poco excesiva, nada más”. Bien, revolveré el baúl de los recuerdos dolorosos para ustedes. Para que no haya la más mínima duda de la veracidad de lo que les cuento intentaré ser lo más imparcial y aséptico que pueda. Escojamos una anécdota al azar, por ejemplo… vale, ya la tengo.

 

 

II.

 

CASA DE PADRES ÁLVARO. INT. NOCHE

 

Un piso pequeño, decorado con motivos navideños. Sobre la mesa, bandejas de turrón, platitos con uvas y copas de champán). Están sentados ÁLVARO (ese soy yo), EVA, MADRE DE ÁLVARO y PADRE DE ÁLVARO. La TV, encendida, retransmite en directo desde la madrileña Plaza de Sol.

 

PADRE          : (levantando su copa) ¡Feliz Año nuevo!

 

MADRE         : Espera a las doce, Fermín.

 

Todos ríen de buen humor. Tras unos instantes se hace el silencio, solo roto por Eva, que se tapa la boca, presa de un ataque de risa. Todos la miran, divertidos.

 

EVA               : Perdón…

 

MADRE         : ¿Qué pasa, niña? (señala a su marido) Las tonterías de este, ¿no?

 

EVA               : No, no, es otra cosa… (vuelve a reírse)

 

ÁLVARO      : (por lo bajo) Eva, por favor…

 

MADRE         : Ay, deja a la chica que se ría si quiere.

 

PADRE          : Pero que nos diga qué es, ¿no?

 

EVA               : (señalando a Álvaro, entre risas) Se comió una polla una vez…

 

MADRE         : (pálida) ¿Q-qué?

 

ÁLVARO      :¿Pero es que estás loca, JODER?

 

EVA               : (gritando, histérica) ¿AH, NO? ¿Y LUEGO EN AQUELLA RAVE QUE NOS ENROLLAMOS CON AQUELLA DRAG, QUE ESTÁBAMOS DE PIRULAS, QUE LUEGO TE FUISTE A PILLAR MEDIO GRAMO Y PASASTE DE MI CULO?

 

Se hace el silencio. Todos miran abajo, avergonzados. La madre llora. En la TV, empiezan a sonar las doce campanadas.

 

TV                   : ¡Feliz 2005 a todos!

 

EVA               : Eh… esos eran los cuartos, ¿no?

 

Supongo que basta para que se hagan una idea, ¿no? En fin, me gustaría que la anécdota fuera más definitiva, poder señalar un punto exacto en el tiempo, una decisión errónea donde decir “y así fue como todo se jodió”; pero realmente las cosas nunca funcionan así. Uno no se encuentra con una vida de mierda de un día para otro. Es un proceso de degradación lenta e imparable. Su grupo no llegó a nada, el mío tampoco, dejamos de estudiar… Pasas de un trabajo de mierda a otro un poco peor, cinco días puteado, ponerte el sexto y descansar el séptimo. Tus amigos que triunfan desaparecen, y son sustituidos por otros de tu mismo status. Y sin que te des cuenta pasa una semana tras otra tras otra tras… hasta que un día tienes un momento de claridad, examinas tu vida y ves que no hay ninguna posibilidad realista de mejora. Que no hay ningún escenario posible en el que salgas de la mierda.  La parte buena es que, cuando llegas a este punto, ya ni siquiera te importa. No hay rabia, ni furia, ni desesperación. Solo una suave y continua tristeza, pero hasta eso se va desvaneciendo poco a poco. Cuando has perdido la esperanza, dejas de sentir nada.

 

Y así estoy yo: sin esperanza. O, mejor dicho, así es como estaba.

 

Hasta que apareció Ella.

 

Continúa en el capítulo 3: “Qué bello es vivir”.

 

NOTA: bueno, ha tardado más de lo que debería, pero aquí está el capítulo 2. espero ir publicando las entregas siguientes cada 10 días, más o menos. tampoco estoy seguro de cuántos capítulos quedan, pero el plan es acabar antes del verano. veremos.

la esperanza es un plato que se sirve frío (1)

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Capítulo 1: “Lunch-time”

I

No, no es guapa. O sea, cualquier chica puede ser guapa. Sales a la calle, y dices: “mira esa chica, qué guapa”; o “no, esa otra es más guapa”. Tienes una novia guapa, amigas guapas, una prima del pueblo guapa… Hasta tu madre puede ser guapa –ya, ya sé que la tuya en concreto no, pero entiendes a dónde quiero llegar, ¿verdad?- En Madrid la gente se llama guapa o guapo de forma rutinaria,“Hola, guapa”. Ni siquiera tienen que caerse bien, allí es como decir “hola… persona”. Ya puedes tener una jeta como la almorrana de un leproso, que al final del día te habrán llamado guapo quince veces. Así que, respondiendo a tu pregunta: no, no diría que ella es guapa. Es hermosa. Tan hermosa que ni siquiera la deseo. Es decir, claro que sí querría, pero… no, lo que siento por ella va más allá del deseo. Es… adoración. Sí, eso es: la adoro. La idea de tocarla me parece un sacrilegio, porque no somos de la misma especie. Es como esas series de dibujos antiguos donde tenías aquellos hombres bajitos y contrahechos y las mujeres diosas de dos metros a las que ni siquiera podían ver la cabeza, ¿te acuerdas? La adoro más allá de la esperanza. Ni siquiera me planteo tener una conversación con ella, ¿para qué? Me conformo con verla cada día. Saber que existimos en el mismo mundo, que hay una vida más allá de esta parodia de mierda. Una vida mejor.

-¿Y qué tiene de malo la vida que llevamos?

Increíblemente, Rober me pregunta de forma sincera. Estamos sentados en el diminuto baño de un antro, sólo separados del húmedo suelo por nuestros vaqueros raídos, mientras nos hacemos unas rayas. Son las tres de la mañana. Martes. Pero hey, solo se tienen 38 años una vez.

-Supongo que nada…- contesto con desgana.

-Es que no sé por qué te estás quejando siempre. Tienes tu curro fijo, el grupo, tu pisito… bueno, y tu novia. Ya le molaría a un montón de gente estar en tu lugar.

¿Lo ven? Esto es algo que me cabrea sobremanera: el estúpido argumento de “hay gente que está peor” cada vez que protestas por algo. No te jode, por supuesto que siempre va a haber un pringado que está peor que tú, pero eso no hace que te sientas mejor… a no ser que seas un sádico. Sádico, e imbécil. He llegado a la conclusión de que los homeless, yonkis y prostitutas callejeras son en realidad funcionarios pagados por el gobierno para que los desgraciados de a pie aceptemos nuestra tortura diaria y, encima, agradecidos. Los imagino llegando a casa, quitándose las ropas sucias y el maquillaje para ponerse un batín de seda y servirse un whiskey. Estoy a punto de replicarle a Rober la subnormalidad que acaba de soltar cuando la puerta se abre a mis espaldas, lanzándome despedido contra la pared. Por suerte, Rober reacciona rápido y, exhibiendo reflejos que nadie sospecharía al ver su eternamente adormilado gesto, rescata la tarjeta sin que se derrame una micra.

-¡Perdón, chavales, perdón!

El intruso es un borrachuzo gordo que entra pisoteándonos mientras se baja la cremallera. Antes de que podamos protestar, se saca la polla y comienza a mear. Un chorro marrón cae a borbotones, como una catarata de miseria. Gotitas de pis rebotan contra la taza y caen sobre la tarjeta donde está nuestro tentempié nocturno. Sin esperar siquiera a la sacudida de rigor, el intruso se guarda el arma del crimen y desaparece. Rober y yo nos miramos, desolados. Tras unos segundos, mi camarada se encoge de hombros.

Hacemos lo que tenemos que hacer.

II

Subimos las escaleras, con el sabor de la coca –y de aquello en lo que no quiero pensar- en el fondo de la garganta. El panorama en la planta superior no es mucho más bonito: apenas hay una docena de habituales, en distinto grado de intoxicación. Ni siquiera hablan o hacen el mínimo esfuerzo de divertirse. Me darían asco si no fuera porque son mi gente. Todos atrapados en una eterna huída hacia delante, como lemmings asmáticos arrastrándose lentamente hacia el abismo. Una mujer rechoncha, con una enmarañada melena verde, despega la cabeza de la barra y me mira con ojos inyectados en locura.

-Has estado metiéndote, ¿verdad? ¡Has estado metiéndote, hijo de puta!

La perturbada se acerca a mí amenazadoramente, blandiendo una botella de cerveza. Busco a Rober, pero se ha escaqueado con una habilidad que sería la envidia de un Ninja. Antes de que pueda aplacarla, la mujer tropieza y se desmorona en el suelo, como un saco de melones podridos. Todo el mundo se ríe de ella: una gota de alegría en el Infierno. La observo unos segundos: no parece respirar. ¿Estará muerta? Me agacho a su lado y la oigo murmurar insultos, al borde de la inconsciencia. No ha habido suerte. Me armo de valor e intento levantarla del suelo. Desde lo más hondo de sus entrañas, una arcada se abre paso a la superficie. Vómito anaranjado se derrama por sus labios, su ropa, mi mano…

Damas y caballeros, les presento a Eva.

Mi novia.

Continúa en el capítulo 2: “La peor novia del mundo”.

NOTA: este es el 1er capítulo de un serial que se irá completando a lo largo del verano. viendo las estadísticas del blog he visto que las entradas que más les han interesado han sido las de relatos de ficción, desde luego mucho menos que mis profundos pensamientos sobre mi carrera o la comedia. mensaje captado. no se incomoden por ello, después de todo aquí son ustedes mis invitados.

fetos no-muertos (canción)

Anoche soñé contigo,

Y los hijos que nunca tuvimos

¿Dónde están? ¿Qué fue de ellos?

Nuestros pequeños, nuestros pequeños.

 

Vivíamos juntos y felices,

Como fuimos en aquel tiempo

Yo nunca hice lo que tú viste,

Tú nunca hiciste lo que me dijeron.

 

Oh, nuestros hijos muertos,

siempre hermosos, siempre perfectos.

 

Anoche soñé contigo,

Y los hijos que nunca tendremos

Pequeños fetos, sin cerebro

Mitad gusano, mitad murciélago.

 

Los llevábamos al parque

Lejos del mar de cemento.

Eran muchos, veinte o treinta

Feto más, o feto menos.

 

Oh, nuestros hijos muertos,

siempre hermosos, siempre perfectos.

 

Anoche soñé contigo,

Y los hijos que nunca tuvimos

El que dejamos en la clínica

Y otros más que fueron surgiendo.

 

El más pequeño hizo un dibujo,

Me lo dió sonriendo.

Eran líneas sin sentido

¿Qué le pides? ¿Qué le pides?

 

Oh, nuestros hijos muertos,

siempre hermosos, siempre perfectos.

 

Anoche soñé contigo,

Y los hijos que nunca tendremos

Monstruítos babeantes

Pero los quiero, yo los quiero.

 

Me desperté, pensé en llamarte

Pero me acordé de nuestro Infierno

Como jodimos lo que tuvimos

Estamos donde nos merecemos.

 

NOTA: esta canción tiene unos añitos ya, como cinco o así. Al leer en twitter estos días tantos chistes sobre fetos me acordé de ella y me decidí a rescatarla. Se me ocurrió leyendo una novela en la que una señora tras morir vagaba acompañada de sus abortos, que eran bastante gamberros. Me gustó la imagen, supongo. Nunca tendré hijos, pero no me importaría tener fetos fantasma.

la inevitable entrada de auto-bombo

dibujo_vera

Hey, hacía tiempo, ¿eh?

Sé que llevo mucho tiempo sin escribir nada para esta su Mansión, y créanme que lo siento. Obligaciones con el stand-up, que es lo que me da de comer (no entiendo esas risas) y la preparación de la grabación del último monólogo para Paramount Comedy me han mantenido lejos de la Mansión. Les he echado de menos, no crean. Los cientos -vale, muy escasos pero cientos al fin y al cabo- de visitantes que acudían cada vez que publicaba una entrada me hacían mucha compañía…

…eso era, claro, antes de descubrir las búsquedas de google. Búsquedas como esta:

putas sirviendo en mansiones o casas

Ya saben a qué me refiero, ¿no? Eso es, las búsquedas de google que han hecho que gente como ustedes acabe en este humilde blog. Como por ejemplo:

quiero el ritual o hechizo de la orina por nueve dias

…o también:

coños chorreando semen

…y:

stand up novio discapacitado

Bueno, en este último caso vale, tiene algo de lógica. Pero, ¿qué me dicen de…

conjuro para joder a un hijo de puta

En serio, ¿qué coño les pasa? Y, por cierto, no deja de resultar humillante que cuando alguien pide un remedio para joderle la vida a un bastardo, google le mande a mi blog, como diciéndole “¿Quiere que sufra? Haga que lea esto, Y YA VERÁ!”

semen entra por la boca sale por la nariz fail

Bueno, reconozco que esta al menos me hizo gracia. Tanto como para copiarla y buscarla yo mismo (como ustedes están deseando hacer ahora mismo, ¿verdad? Va, que ya hay confianza. Tómense unos segundos para saciar su curiosidad, que yo les espero).

estoy borracho mi mama me coge

Bueno, y todo esto era para anunciar a la anecdótica minoría que llega a mis dominios con un mínimo conocimiento de quién soy y a qué me dedico, que el día 16 de Mayo Paramount Comedy estrenará mi 3er monólogo para la casa, con el jocoso y pedante título de “MetaDenny”.

Si no tienen canales de pago en casa, no se preocupen. El domingo 21 de Abril grabaré todo el material que se quedó fuera del especial de Paramount, más algunas cosillas nuevas, para colgar en la red alrededor de Septiembre. Será en la Discoteca Gres (Moncloa) durante el show de God Save the Comedy, acompañado de mis socios Daniel Piqueras, Pepón Fuentes e Iggy Rubín. Si les apetece, me hará mucha ilusión encontrarles allí.

Y ahora en serio, háganselo mirar.

 

NOTA: si desean estar en lista para la grabación -y el show de GSTC- del 21 en el Gres, escríbanme cuanto antes a dennycomico@gmail.com o a mi facebook y intentaremos acomodarles. Si nunca han ido a un show de God Save the Comedy, ¿a qué esperan? Al menos pásense algún domingo post-show, que es cuando empieza la diversión de verdad.

Ah, y todas esas búsquedas son reales. Y sí, tengo miedo.

 

comedy life (ficción)

 

¡Maravillosa noche ayer en Pinar del Rendijo! Un público entregado que no paró de aplaudir y reír. Gracias a los dueños, Manolo y Carmen, por su simpatía, y en especial al programador Eusebio por confiar en mí y darme la oportunidad de cumplir mi sueño: hacer reír por todos los rincones de España.

Cómico anónimo en su estado de facebook.

 

I

-¿Sabes lo que me apetece hacer hoy?
-Sí. Quedarte en casa…- me contesta ella desde el baño, con desgana.

Son las cuatro de la tarde. Estoy en un cuchitril infecto e interior en el centro de Madrid, viendo desde la cama Independence Day por enésima vez mientras acaricio a un gato. El simpático minino, lejos de corresponder mi afecto, se retuerce para mordisquear con saña mi muñeca. Pequeños puntos de sangre brotan aquí y allá. Los miro con fascinación: círculos escarlata, hermosos y perfectos, listos para infectarse. No siento nada.

-¿Y sabes lo que no me apetece hacer hoy?
-Sí. Ir a actuar…

Esta escena realmente ocurrió hace años, pero podría haber sido ayer mismo, salvo por pequeños detalles. Por ejemplo, ya no está la chica -ni el gato-, aunque sigo viviendo en un cuchitril infecto e interior en el centro de Madrid. Un hombre necesita estabilidad.

-A ver, Dani, ¿qué coño te pasa? -me dice, entrando en el minúsculo salón-dormitorio- Creía que te encantaba actuar.
-No me dejas ver la peli…
-Te ilusionaba tanto hacer stand-up… Dijiste que no querías volver a hacer otra cosa.
-Estaba borracho. ¿Por qué me haces caso cuando estoy borracho?
-Ay, pero qué drama queen. Siempre montas estas escenitas y luego te va bien.
-No siempre. Y desde luego, no en Villapedrete.
-¿Dónde está Villapedrete?
-Exacto.

Resopla y se pone el abrigo, dándome por imposible. En la televisión, el presidente de los EEUU (interpretado de manera gloriosa por Bill Pullman) acaba de enlazarse psíquicamente con uno de los aliens y ha visto su verdadera naturaleza: “Hay que matar… a esas bestias” dice mientras la cámara se acerca, con la mirada más intensa que un ser humano es capaz de transmitir. Esta escena siempre me hace retorcerme de risa. Sin embargo, hoy no puedo ni esbozar una sonrisa.

-Pues nene, yo me tengo que ir a trabajar ocho horas por treinta putos euros. ¿Me cambias el puesto?
-¡Venga!- contesto, encogiéndome de hombros- Cuando quieras..
-En serio, Dani, ¿nunca has pensado en ir a un psicólogo?
-Joder, pues claro que sí, mil veces. ¿Te crees que no me conozco?
-¿Y por qué no lo haces?
-Por la misma razón por la que no voy al dentista. Sé que el día que vaya y empiece a hablar, el tío me mirará asustado y me dirá “Chaval, ¿tú sabes lo que tienes ahí…?”. Si voy, no salgo.

La pobre se ríe, pensando que bromeo. Besa al gato, me besa a mí -el orden siempre es ese- y se va, deseándome suerte. Miro el reloj: dentro de tres horas tendría que estar saliendo para el bolo. Debería ducharme, repasar, comer algo ligero, dar una vuelta para airearme. No soy capaz de moverme de la cama. El gato me mira desde el rincón, triunfante. Estoy a punto de llorar.

 

II

Entro en el local, y todas las esperanzas que me había hecho durante el largo viaje de autobús se vienen abajo en un segundo: luz azul, sofás de cuero blanco y música latina a todo volumen. Como guinda, una enorme bandera española que cubre la pared de la barra. En el mejor de los casos, serán futboleros. En el peor… no quiero ni pensarlo. Me acerco a la barra, donde un hombre de unos cincuenta años -presumiblemente el dueño- está dando instrucciones a un chico de unos veinte que lleva uniforme de camarero.

-Eh, hola, soy…
-Sí, ¿te esperas un momento?- me dice el hombre mayor. Efectivamente, es el dueño.

Me voy a la esquina de la barra a mirar el twitter y el facebook una y otra vez. Las mordeduras de mi muñeca se han hinchado. Levanto las frágiles postillas y dejo que vuelva a brotar la sangre, por pasar el rato. Diez minutos después, el camarero se pone a fregar y el dueño vuelve a reparar en mi existencia. Se acerca y me mira con curiosidad.

-Oye, eres Dani, ¿no? Perdona, hombre, no te reconocía con esas barbas.
Me da la mano, con fuerza. Me descubro imitando su sonrisa inconscientemente. La verdad es que parece simpático.
-¿Te pongo un copazo?
-No, gracias. Una cocacola si eso…
-¿En serio? Eres el primero que no me bebe nada -se ríe, palmeándome la espalda- ¿No serás abstemio?
-¡No, para nada! -digo intentando imitar sus modos viriles, sin éxito- Es solo que antes prefiero no…
-La semana pasada me traje a Jorge “el Chapas”. ¡Un crack! Cinco copas que se tomó antes de subir al escenario. Yo ya pensando “este cabrón no va a poder ni hablar”. Pero dos horas que se cascó, la gente descojonada. Y después, se subió otra hora a contar chistes. ¿Tú cuentas chistes?
-No.
-Pero te sabrás unos cuantos, ¿no?
-Pues no… La verdad es que no me gustan.

El hombre me observa en silencio. Sé que parezco un capullo pero, de verdad, no lo hago a posta. Realmente quiero caerle bien a este hombre que va a gastarse un buen dinero con la esperanza de que yo entretenga a su parroquia. Me propongo no decepcionarle: quiero verle feliz, el local lleno, el público riendo como en su vida, quiero ser su amigo, quizá plantar raíces aquí, ¿por qué no? Quiero ver el fútbol con ellos, sentirme por una vez en mi vida parte de una comunidad, quiero… La potente voz del dueño me devuelve a la realidad.

-¿Tienes algún monólogo de Mouriño?
-Es que yo de fútbol…
-Vaya. ¿Y de qué vas a hablar?
-Buf… no sabría decirlo. Cosas variadas.

Oh, Dios. Noto que la estoy cagando cada vez más. Me pongo a mirar los carteles antiguos, desesperado por reconducir la situación.

-Lleváis mucho tiempo haciendo actuaciones, ¿no?
-Arrea, un porrón de años. -sonríe de nuevo, lo que me tranquiliza- Aquí han estado todas las figuras… Al único que no he podido traer, pero espero que algún día, es a Leo Harlem.
-Ah.
-¡Qué grande Leo Harlem, eh! El mejor.
-Bueno, eso va por gustos.
-¿Qué pasa? -dice riendo- ¿A ti no te gusta?
-Pues la verdad es que no.

El hombre se tambalea, parece a punto de sufrir un síncope. Horas atrás habría jurado que no podría existir una mirada más intensa que la de Bill Pullman, pero obviamente estaba equivocado: la que me lanza este hombre la deja a la altura del betún. Siento cómo su furia reprimida me atraviesa el cerebro. Si no consigo detenerla pronto, sufriré un ictus en cuestión de segundos. Intento recular patéticamente.

-Hombre, ¡claro que es muy bueno! -digo, queriendo sonar tan entusiasta que casi grito- Es solo que, en fin, que… hay otros que me gustan más…
-Ya. Oye, tu monólogo… será de risa, ¿no?
-¿Sabe? Creo que sí me voy a tomar esa copa. White Label-cola, por favor…

Me sirve la copa rápidamente y en silencio. Me la llevo a los labios, cierro los ojos y empiezo a beber. Frío y calor entran a la vez en mi cuerpo. Es agradable. Cuando abro los ojos, me encuentro con los del hombre. Y no se lo van a creer, pero por un instante, se produce una conexión casi mística entre nosotros. Como Bill Pullman y el alien, podemos ver el interior del otro; pero, en lugar de odio, hemos encontrado empatía. Hay algo que nos une. Ambos compartimos un mismo deseo.

Los dos deseamos que yo me hubiera quedado en aquella cama.

NOTA: como indica el título, este es un relato de ficción. Tanto los eventos como los personajes que aquí aparecen son puramente ficticios y no guardan ningún parentesco con la realidad. En serio, no insistan.

it’s a wonderful life

Lo que más me molesta en la gente es la NEGATIVIDAD.

Cierto es que las cosas van mal, y hay masacres y catástrofes en el mundo y bla-bla-blá… ¿pero debe eso privarnos de la sonrisa? ¿Por qué dejarnos amargar por la Oscuridad, cuando también hay en el mundo tanta Luz?

¿Saben? Tengo un truco.

Cuando veo algo triste por la calle, me imagino que es algo más bonito y se me pasa. Pruébenlo.

Por ejemplo, me entristece ver señoras con burka. Así que, cuando me cruzo con una, me imagino que es la mamá de un ninja.

O esas señoras que caminan con un andador de ruedines. Pobrecillas, ¿eh? Por eso, si veo una, prefiero pensar que llevan un carrito con un nieto invisible.

¿Y qué me dicen de esos mendigos que llevan carros llenos de bolsas de basura? ¿No es mejor imaginar que están haciendo la compra… y tienen un gusto horrible?

En las calles del centro de Madrid se ven tantas cosas duras: miseria, prostitución, manifestaciones, violencia policial… por eso, cuando paseo por allí, pienso que estoy en el cine viendo una película en 3-D de Fernando León… y me digo “¡Ya se le ha vuelto a ir la olla con el mensaje!”.

¿Ven cómo no es tan difícil? Solo hay que hacer un pequeño esfuerzo para encontrar la belleza oculta en el mundo. ¿Pero lo hacemos? No. De hecho, hacemos justo lo contrario: siempre tendemos a pensar en lo peor. En cada situación que nos encontramos, siempre damos por hecha la más turbia de las posibilidades. ¿Por qué somos así de desconfiados? Quizá es porque siempre que alguien nos ha dicho “esto no es lo que parece”, resulta ser exactamente lo que parece, o peor.

Imaginen que una tarde pasean por la calle Montera y ven a un anciano entrando con una chica ligera de ropa en un portal. Seguramente pensarán con desprecio “¡Bah! Qué asco… un putero” y seguirán su camino sacudiendo la cabeza. ¡Qué rápido lo han juzgado y condenado! ¿Pero se han parado a pensar que a lo mejor el señor lo hace por un buen motivo? Quizá su semen cura el SIDA.

Qué historia la de ese hombre, ¿eh? ¡Menuda responsabilidad!

Imagínenlo subiendo cada día la Gran Vía, apoyándose en un sobado bastón que un día fue elegante. Obligado a contratar prostitutas una y otra vez, pero no por lograr un placer efímero y egoísta, no: por hacer el bien. ¿Y ellas se lo agradecen? ¡Ha! Ni siquiera le tratan con simpatía, para las castigadas trabajadoras de la calle no es más que otro viejo verde, que encima insiste en mantener relaciones sin preservativo (claro, él no puede decirles que su semen es MÁGICO: ¡le tomarían por loco!).

Ahí baja ya, secándose el sudor de la frente con un pañuelo amarillento. Miren con qué gesto preocupado cuenta sus monedas. A saber la de equilibrios que tendrá que hacer con su miserable pensión para pagar las tarifas de las jóvenes, pero todo sacrificio es poco para su bondadoso corazón: ¡hay tantas almas descarriadas que salvar! Ahí baja la Gran Vía camino a casa con sus piernecitas temblorosas, intentando pasar desapercibido entre la multitud tras hacer su buena obra del día, como si de un Ratoncito Pérez se tratase. ¡Oh, venerable amigo, ojalá todo el mundo pudiera disfrutar de tu néctar de Luz!

Ahora imaginen que -oh, fatalidad!- el ancianito está casado. Ahí tienen a su pobre sufrida esposa, esperándole cada tarde con la meriendita sobre el tapete de la mesa: un yogur, un bocadillito de queso y un colacao (encima, colacao: ¡cruel ironía!). Dulce amorosa anciana, observando con ojos tiernos cómo su marido come en silencio, sin mirarla apenas, ocupado en reponer energías (recuerden: ha derramado mucho fluído sanador). Pero ella no se deja apenar por su indiferencia: ha aprendido a sobrellevar la desidia vital de su marido, tomándola por el vulgar desgaste de la convivencia (y nada más lejos de la realidad: el hombre la ama con locura… pero ¿cómo no estar apático después de haber estado con dos, tres prostitutas al día? ¡a su edad! ¡para curarlas con el elixir milagroso de sus testículos!).

¿Y si llega el día -¡Dios no lo permita!- en que la esposa se cruce con el ancianito mientras él se adentra en la calle Montera? No puede creer a sus ojos, ¿es posible que su amado esposo esté hablando con una joven prostituta? Está a punto de llamarle cuando él entra en el portal con la señorita. Y, sin controlar sus actos, la esposa les sigue, les sigue por el mugriento edificio… Se han metido los dos juntos en un cuarto. La esposa toma aire, se santigua y abre la puerta. Y allí está el ancianito desnudo, montado sobre la trabajadora del amor. Un grito de horror e incredulidad retumba en toda la calle…

… y por primera vez en la Historia de la Humanidad, un marido mirará a los ojos a su esposa y, sin rastro de culpa en su voz podrá decirle con total sinceridad:

-Cariño… esto no es lo que parece.

¿Lo ven, incrédulos? ¿Ven cómo todo puede ser hermoso? 🙂

NOTA: pues eso, otra cosa que nació para stand-up y cuyo rotundo fracaso me obligó a retirar para presentarla, reconvertida, en esta su Mansión. Cuando la estaba reescribiendo para el Blog me encontré con esta noticia. No sé ustedes, pero yo le daría un voto de confianza a ese hombre. ¿Y si…?