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pequeños encuentros con la fama (I)

descarga

Miren al famoso humorista, sentado relajadamente en la sala de espera del aeropuerto. Los viajeros le reconocen y saltan de emoción, se dan codazos, le miran con respeto y admiración… Él se limita a asentir con una sonrisa humilde, llena de paz.

Ahora miren un poco más a la derecha. Ahí estoy yo, ojeroso y despeinado, peleándome con el cinturón y de mal humor por el madrugón, porque odio viajar casi tanto como actuar y porque, una vez más (¡oh, sorpresa!) el detector ha pitado a mi paso y he tenido que apartarme de la fila y someterme a un cacheo.

Los viajeros forman una cola ante la puerta de embarque, a pesar de que se trata de un vuelo con asientos numerados. Apenas esperamos sentados media docena de personas. Por fin comienza el embarque y, cuando la cola está a punto de extinguirse, agarro mi mochila y me levanto para ir al mostrador. El humorista famoso se levanta también, detrás de mí. Intento apurar el paso para llegar antes que él, pero tropiezo con los cordones de mis botas (que he olvidado atar, ¿vale? ¡Es demasiado temprano!) y se me adelanta. La señorita del mostrador le reconoce y, extasiada, le pide un beso que el humorista famoso tiene la gracia de concederle. La mujer le mira alejarse unos segundos con un suspiro y, a continuación, se gira hacia mí. La decepción se adueña instantáneamente de su rostro, como si estuviera soñando con vivir en un palacio y se despertara atada sobre sus heces en un burdel de Bangkok. Supongo que no es muy fan de Paramount Comedy.

Entro en el avión. El humorista famoso camina delante de mí. Los viajeros dejan de buscar su asiento y guardar sus equipajes para dejarle paso. Con su barbilla alta y su paso firme parece Moisés, caminando mientras las aguas se abren a su paso. Yo no tengo esa suerte, me abro paso a trompicones, como un leproso en unos grandes almacenes en la apertura de las rebajas, mascullando algún “perdón…” que es recibido con gélidas miradas.

Resoplando, al fin consigo guardar mi mochila y ocupar mi asiento. El humorista famoso está en la fila de atrás, ya confortablemente sentado, atendiendo una llamada de trabajo y cerrando un caché tantas veces superior al mío que me avergüenza intentar calcularlo (pero lo hago igualmente: son doce). En cuanto cuelga el teléfono, una chica joven y atractiva se acerca a él, con mirada emocionada.

-Perdona, ¿sales en la tele?

-Sí- asiente el humorista famoso con su beatífica sonrisa.

-¡Ah! Y… oye, ¿en qué sales?

Me incorporo y miro hacia atrás. El humorista famoso tartamudea una respuesta, confuso. Por primera vez, nuestras miradas se cruzan. Sonrío. En mi cabeza suena la voz de Bob Dylan:

How does it feel…?

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José Bretón y los límites del humor.

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Vale: todo el mundo odia a José Bretón… pero nadie dice nada de Pablo Motos. ¿Soy el único que ve aquí una doble moral?

 

Ok, supongo que esto merece una explicación…

 

Resulta que este verano se celebró el juicio a José Bretón, y una mañana de agosto en el programa de Ana Rosa (sí, estaba viendo el programa de Ana Rosa, ¿qué pasa? ¿Me meto yo en sus vidas?) sacaron un titular que decía “La policía declara que su libro favorito era El Resplandor, de Stephen King”… y yo quiero pensar que nuestras fuerzas de seguridad no lanzarían un dato así a la ligera, sino porque es de vital importancia para el caso. Pero, verán, lo cierto es que siempre se le echa la culpa de los crímenes a la literatura de terror, al cine de terror, los videojuegos violentos, al heavy-metal… Y yo, que me dedico a la comedia, quisiera creer que la comedia puede influir tu vida como cualquier otro arte, para bien… o para mal. Y si a Bretón le gusta Stephen King, es que le gustan los best-sellers, el mainstream… y si lo extrapolamos a la comedia, el programa más visto es El Hormiguero… donde, además, hacen EXPERIMENTOS… ¿me siguen?

 

Ojo, que yo no estoy diciendo que Pablo Motos sea culpable, ¿eh? ¡Faltaría! Yo no digo que Pablo Motos haya matado a esos niños. No sugiero que Pablo Motos se dedique a asesinar infantes. A lo mejor él solo los enterró… después de masturbarse, ¿quién puede saberlo? ¡Yo no!

 

Lo que quiero decir es que no puedes hacer un programa como ése y pensar que no va a haber consecuencias.

 

Lo que quiero decir es que no puedes salir en televisión, decir esas cosas y pensar que no va a pasar nada.

 

Supongo que lo que realmente quiero decir es que, en la comedia debería haber LÍMITES.

 

 

NOTA: este es uno de los bloques que probé, pero finalmente no entró en el especial de Paramount Comedy de 2014 (de estreno el 18 de Mayo en sus pantallas, amiguitos). Oh, lo intenté, no crean, pero de la docena de veces que lo probé sólo recuerdo que funcionara en dos ocasiones: una vez en el open del Picnic, y otra en una Sesión Cowabunga en Alcalá. Al final, hasta yo sé coger las indirectas…

la inevitable entrada de auto-bombo

dibujo_vera

Hey, hacía tiempo, ¿eh?

Sé que llevo mucho tiempo sin escribir nada para esta su Mansión, y créanme que lo siento. Obligaciones con el stand-up, que es lo que me da de comer (no entiendo esas risas) y la preparación de la grabación del último monólogo para Paramount Comedy me han mantenido lejos de la Mansión. Les he echado de menos, no crean. Los cientos -vale, muy escasos pero cientos al fin y al cabo- de visitantes que acudían cada vez que publicaba una entrada me hacían mucha compañía…

…eso era, claro, antes de descubrir las búsquedas de google. Búsquedas como esta:

putas sirviendo en mansiones o casas

Ya saben a qué me refiero, ¿no? Eso es, las búsquedas de google que han hecho que gente como ustedes acabe en este humilde blog. Como por ejemplo:

quiero el ritual o hechizo de la orina por nueve dias

…o también:

coños chorreando semen

…y:

stand up novio discapacitado

Bueno, en este último caso vale, tiene algo de lógica. Pero, ¿qué me dicen de…

conjuro para joder a un hijo de puta

En serio, ¿qué coño les pasa? Y, por cierto, no deja de resultar humillante que cuando alguien pide un remedio para joderle la vida a un bastardo, google le mande a mi blog, como diciéndole “¿Quiere que sufra? Haga que lea esto, Y YA VERÁ!”

semen entra por la boca sale por la nariz fail

Bueno, reconozco que esta al menos me hizo gracia. Tanto como para copiarla y buscarla yo mismo (como ustedes están deseando hacer ahora mismo, ¿verdad? Va, que ya hay confianza. Tómense unos segundos para saciar su curiosidad, que yo les espero).

estoy borracho mi mama me coge

Bueno, y todo esto era para anunciar a la anecdótica minoría que llega a mis dominios con un mínimo conocimiento de quién soy y a qué me dedico, que el día 16 de Mayo Paramount Comedy estrenará mi 3er monólogo para la casa, con el jocoso y pedante título de “MetaDenny”.

Si no tienen canales de pago en casa, no se preocupen. El domingo 21 de Abril grabaré todo el material que se quedó fuera del especial de Paramount, más algunas cosillas nuevas, para colgar en la red alrededor de Septiembre. Será en la Discoteca Gres (Moncloa) durante el show de God Save the Comedy, acompañado de mis socios Daniel Piqueras, Pepón Fuentes e Iggy Rubín. Si les apetece, me hará mucha ilusión encontrarles allí.

Y ahora en serio, háganselo mirar.

 

NOTA: si desean estar en lista para la grabación -y el show de GSTC- del 21 en el Gres, escríbanme cuanto antes a dennycomico@gmail.com o a mi facebook y intentaremos acomodarles. Si nunca han ido a un show de God Save the Comedy, ¿a qué esperan? Al menos pásense algún domingo post-show, que es cuando empieza la diversión de verdad.

Ah, y todas esas búsquedas son reales. Y sí, tengo miedo.

 

it’s a wonderful life

Lo que más me molesta en la gente es la NEGATIVIDAD.

Cierto es que las cosas van mal, y hay masacres y catástrofes en el mundo y bla-bla-blá… ¿pero debe eso privarnos de la sonrisa? ¿Por qué dejarnos amargar por la Oscuridad, cuando también hay en el mundo tanta Luz?

¿Saben? Tengo un truco.

Cuando veo algo triste por la calle, me imagino que es algo más bonito y se me pasa. Pruébenlo.

Por ejemplo, me entristece ver señoras con burka. Así que, cuando me cruzo con una, me imagino que es la mamá de un ninja.

O esas señoras que caminan con un andador de ruedines. Pobrecillas, ¿eh? Por eso, si veo una, prefiero pensar que llevan un carrito con un nieto invisible.

¿Y qué me dicen de esos mendigos que llevan carros llenos de bolsas de basura? ¿No es mejor imaginar que están haciendo la compra… y tienen un gusto horrible?

En las calles del centro de Madrid se ven tantas cosas duras: miseria, prostitución, manifestaciones, violencia policial… por eso, cuando paseo por allí, pienso que estoy en el cine viendo una película en 3-D de Fernando León… y me digo “¡Ya se le ha vuelto a ir la olla con el mensaje!”.

¿Ven cómo no es tan difícil? Solo hay que hacer un pequeño esfuerzo para encontrar la belleza oculta en el mundo. ¿Pero lo hacemos? No. De hecho, hacemos justo lo contrario: siempre tendemos a pensar en lo peor. En cada situación que nos encontramos, siempre damos por hecha la más turbia de las posibilidades. ¿Por qué somos así de desconfiados? Quizá es porque siempre que alguien nos ha dicho “esto no es lo que parece”, resulta ser exactamente lo que parece, o peor.

Imaginen que una tarde pasean por la calle Montera y ven a un anciano entrando con una chica ligera de ropa en un portal. Seguramente pensarán con desprecio “¡Bah! Qué asco… un putero” y seguirán su camino sacudiendo la cabeza. ¡Qué rápido lo han juzgado y condenado! ¿Pero se han parado a pensar que a lo mejor el señor lo hace por un buen motivo? Quizá su semen cura el SIDA.

Qué historia la de ese hombre, ¿eh? ¡Menuda responsabilidad!

Imagínenlo subiendo cada día la Gran Vía, apoyándose en un sobado bastón que un día fue elegante. Obligado a contratar prostitutas una y otra vez, pero no por lograr un placer efímero y egoísta, no: por hacer el bien. ¿Y ellas se lo agradecen? ¡Ha! Ni siquiera le tratan con simpatía, para las castigadas trabajadoras de la calle no es más que otro viejo verde, que encima insiste en mantener relaciones sin preservativo (claro, él no puede decirles que su semen es MÁGICO: ¡le tomarían por loco!).

Ahí baja ya, secándose el sudor de la frente con un pañuelo amarillento. Miren con qué gesto preocupado cuenta sus monedas. A saber la de equilibrios que tendrá que hacer con su miserable pensión para pagar las tarifas de las jóvenes, pero todo sacrificio es poco para su bondadoso corazón: ¡hay tantas almas descarriadas que salvar! Ahí baja la Gran Vía camino a casa con sus piernecitas temblorosas, intentando pasar desapercibido entre la multitud tras hacer su buena obra del día, como si de un Ratoncito Pérez se tratase. ¡Oh, venerable amigo, ojalá todo el mundo pudiera disfrutar de tu néctar de Luz!

Ahora imaginen que -oh, fatalidad!- el ancianito está casado. Ahí tienen a su pobre sufrida esposa, esperándole cada tarde con la meriendita sobre el tapete de la mesa: un yogur, un bocadillito de queso y un colacao (encima, colacao: ¡cruel ironía!). Dulce amorosa anciana, observando con ojos tiernos cómo su marido come en silencio, sin mirarla apenas, ocupado en reponer energías (recuerden: ha derramado mucho fluído sanador). Pero ella no se deja apenar por su indiferencia: ha aprendido a sobrellevar la desidia vital de su marido, tomándola por el vulgar desgaste de la convivencia (y nada más lejos de la realidad: el hombre la ama con locura… pero ¿cómo no estar apático después de haber estado con dos, tres prostitutas al día? ¡a su edad! ¡para curarlas con el elixir milagroso de sus testículos!).

¿Y si llega el día -¡Dios no lo permita!- en que la esposa se cruce con el ancianito mientras él se adentra en la calle Montera? No puede creer a sus ojos, ¿es posible que su amado esposo esté hablando con una joven prostituta? Está a punto de llamarle cuando él entra en el portal con la señorita. Y, sin controlar sus actos, la esposa les sigue, les sigue por el mugriento edificio… Se han metido los dos juntos en un cuarto. La esposa toma aire, se santigua y abre la puerta. Y allí está el ancianito desnudo, montado sobre la trabajadora del amor. Un grito de horror e incredulidad retumba en toda la calle…

… y por primera vez en la Historia de la Humanidad, un marido mirará a los ojos a su esposa y, sin rastro de culpa en su voz podrá decirle con total sinceridad:

-Cariño… esto no es lo que parece.

¿Lo ven, incrédulos? ¿Ven cómo todo puede ser hermoso? 🙂

NOTA: pues eso, otra cosa que nació para stand-up y cuyo rotundo fracaso me obligó a retirar para presentarla, reconvertida, en esta su Mansión. Cuando la estaba reescribiendo para el Blog me encontré con esta noticia. No sé ustedes, pero yo le daría un voto de confianza a ese hombre. ¿Y si…?

¿eres retrasado? (stand-up)

 

Me llama mi hermana:

-Te va a encantar mi nuevo novio… ¡es como Bob Esponja!

-Ya… es rubio y está cuadrado, ¿no?

-No: retrasado mental.

 

Tengo un amigo que se enfada cuando cuento este chiste porque dice que no se debe decir “retrasado”, que el término correcto es “persona con discapacidad intelectual”. Y vale, sé que tiene razón, y nunca utilizaría esta palabra para referirme a una persona con esta condición, pero con todo… lo sigo haciendo igualmente. Pero está mal, y estoy seguro de que algún día el karma me hará pagar por ello… de hecho, ya ha empezado. Empezó el otro día, en casa de mis padres. Estábamos los tres en el sofá viendo un documental sobre chicos con síndrome de Down, y nos estaba dando muy buen rollo, porque te mostraba que con esfuerzo, educación y un buen entorno esos chavales podían llegar a hacer todo lo que les viniera en gana. Como digo, estaba siendo un rato agradable en familia… hasta que salió un chico en concreto… un chico que se había sacado el título universitario de Filología. Bien, llegados a este punto tendría que deciros que yo también estudié la carrera de filología… no, perdón, eso no es exacto… quiero decir que yo empecé la carrera de Filología. No la acabé porque, bueno, por lo que parece, soy demasiado tonto. Pero mis padres me apoyaron completamente: “Denny, no pasa nada, no estamos enfadados… has dado lo mejor de ti…” Y diez años más tarde ahí estoy, sentado en el sofá con mis padres, viendo en la tele a un chico con síndrome de Down que acabó la carrera que yo no fui capaz de terminar…

…y mis padres no dicen nada, pero yo sé lo que están pensando…

(lo que todos vosotros estáis pensando)

Y quizá este debería ser castigo suficiente, pero sé que la cosa no acabará aquí. Porque posiblemente algún día tenga que dejar la comedia -cosa muy probable si me sigo metiendo en estos jardines- y quiera ser funcionario. Pero como no tengo título universitario, sólo podré optar a ser un nivel…no sé, pongamos “B”; y ese chico del reportaje será nivel “A” porque sí tiene título universitario. Y, por una serie de casualidades, acabará siendo mi jefe… y no será un chico retrasado guay como el de “Médico de familia”, no… será un auténtico cabrón de jefe. Porque pagará todos los prejuicios y desprecios que habrá sufrido en su vida conmigo. Y un día haré algo mal, me resbalaré mientras limpio los retretes o algo así, y acabaré en el suelo cubierto de mierda… y entonces el tío vendrá hecho una furia y me gritará:

-¿Qué te pasa? ¿Eres retrasado?

Y con mi último resto de orgullo le miraré a los ojos y le diré:

-No… y por cierto… se dice “persona con discapacidad intelectual”.

 

NOTA: los que me hayan visto actuar sabrán que durante una época sentí cierta malsana debilidad por los chistes sobre enfermedades y discapacidades. Me gusta pensar que me atraía el hecho de romper el tabú, y luego llevar el chiste hacia un lado inesperado no-ofensivo (la otra opción es que yo sea simplemente soy un cruel hijo de puta). Actualmente los he abandonado casi por completo, en parte por algunos artículos de cómicos que admiro como este que cuestionan el “riesgo” de ese tipo de humor, y en parte porque, después de hacer algo muchas veces, se vuelve predecible y aburrido. Este bloque fallido me valió más de un tenso silencio -el peor, en Joy Eslava- y algún que otro insulto en atrapalo.com. Después de muchas pruebas y retoques sí conseguí que funcionara más o menos… pero dejó de hacerme gracia y lo dejé de hacer. ¿Qué quieren? Quizá sí sea algo retrasado.

 

NOTA2: releyendo esta pedantilla nota parece que quiera dar la impresión de que he aprendido y avanzado. No se lo crean. El mayor hit de Metáfora Galaxia (la banda que comparto con Dani Piqueras) es una canción titulada “Retarded Cat”. Para que vean.

el chico más triste de la Tierra (canción)

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Soy el chico más triste de la Tierra
El Chico más triste de la Tierra

De pequeños todos tienen
una mascota compañera
Pepón tenía un gato,
y Piqueras una perra.
A mí me compraron una piedra,
soy el chico más triste de la Tierra.
El chico más triste de la Tierra…

Entierros y funerales
para mí son una fiesta.
Pues hay que ir de traje,
todos te abrazan, y hay cerveza.
Es como ir a la discoteca,
soy el chico más triste de la Tierra.
El chico más triste de la Tierra…

He amado a chicas
flacas, gordas, rubias y morenas
un millón de tipos
y una sola coincidencia:
que todas me mandaron a la mierda,
soy el chico más triste de la Tierra.
El chico más triste de la Tierra…

Solo hubo una chica
que me hablaba con paciencia
Me miraba con dulzura…
Pensé que era amor, pero no lo era:
creía que sufría una deficiencia,
soy el chico más triste de la Tierra.
El chico más triste de la Tierra…

Tan triste que un amigo,
me propuso de cuchufleta:
“Denny, con esa gracia,
deberías hacer comedia!”
Y me pareció una gran idea…
soy el chico más triste de la Tierra.
El chico más triste de la Tierra…

NOTA: quizá ustedes no lo sepan, pero Daniel Piqueras y yo tenemos un grupo pomposamente bautizado como Metáfora Galaxia. Esta canción iba a ser parte de un show que hicimos con Pepón Fuentes en el Bar Yllana (de ahí las menciones a Dani y Pepón en la 1ª estrofa), pero no llegó a entrar porque no nos dió tiempo a ensayarla. Alguna vez hice un intento de recuperarla, pero Piqueras no estaba muy por la labor (creo que es porque no hay ningún sha-la-la). Ah, si tienen curiosidad por ver a Metáfora Galaxia, solemos actuar los domingos en un show llamado God Save the Comedy. Y, por si alguien se ha quedado con la duda: no, no creo ser la persona más triste de la Tierra. Va por días.

eres la mierda

I.  mesa para dos

-¡Mira, perdona! ¿Me puedes traer…? ¡Perdona!

Nada, ¿lo véis?. Ni caso. Odio cuando pasa esto. El tío está sirviendo a la mesa de al lado, todo  amabilidad y sonrisas, pero es como si yo fuera invisible para él. Y ahora se va. Genial. Como si esta situación no fuera ya lo bastante jodida…

-Me muero de sed. Y encima, la calefacción a tope. Para deshidratarse.

-Intento pedir la bebida, mamá.

-Es que si no llamas la atención, no te va a atender.

-Estoy levantando el brazo, y gritando “perdona”. Es un método universalmente aceptado para comunicarse con los camareros.

-Esos llegaron después de nosotros y ya están comiendo.

-¡Joder, mamá! ¡Pues pide tú, cojones ya!

Hacía cuatro meses que no nos veíamos. Llevamos cinco minutos juntos y ya estamos gritando como energúmenos. No sé si hay un capítulo sobre familias disfuncionales en el libro Guinness que recoja este tipo de datos, pero seguro que acabamos de batir un récord mundial. Tampoco es que me pille de sorpresa. En confianza, me he tomado tres vinos antes de venir aquí para prepararme mentalmente -y sí, ya sé lo que eso quiere decir y bla-bla-blá, pero no es el momento-, pero empiezo a sospechar que no han sido suficientes. La corbata me oprime la nuez y sudo tanto que se me resbalan las gafas por la nariz. Dios, necesito una copa…

Lo peor de todo es que la culpa es mía. Cada vez que mi madre viene a visitarme reservo mesa en un restaurante más caro de lo que puedo permitirme, para convencer a la pobre mujer de que su hijo treintañero no es un completo fracasado. El resultado es que siempre acabamos en sitios “chic” hasta arriba de gente donde nos tratan como el puto culo. Tanto da que nos pongamos nuestras mejores galas y nos comportemos con modales: en estos locales huelen la clase baja a kilómetros.

-¡Hola! -lo vuelvo a intentar- Un vino y un agua aquí, por… ¡mierda!

-Mira, Samuel, déjalo estar. -refunfuña mi madre- Ya ni siquiera tengo hambre.

-¿Entonces qué hacemos aquí?

No contesta. Estoy a punto de repetirlo gritando cuando coge aire y me dice:

-Tengo que contarte algo importante.

“Algo importante”. No se me ocurre qué diablos puede mi madre tener que contar que sea importante. Vive en un pueblo aislada de todo. No puede tener problemas económicos porque la casa es suya, y la escasa pensión de viudedad sobra para cubrir su austero -y, reconozcámoslo, rácano- modo de vida. ¿Habrá muerto alguien? Tampoco, sabe que ningún pariente de los que nos queda me quita el sueño: una llamada telefónica habría bastado. Entonces me fijo en su cara compungida y me doy cuenta. No, tío. No me jodas que..  que… Tengo que tragar saliva antes de poder hablar.

-¿Estás… estás enferma?

-¿Yo? -se ríe… ¡se ríe!- ¿Eres tonto? Estoy mejor que nunca.

-¡Hostia, mamá! -noto cómo la angustia que me oprimía la garganta se convierte en ira- ¿Por qué tienes que decir así las cosas? Ya me pensaba que…

-¡Bueno, es que esto también es importante!

-A ver… -me armo de paciencia- ¿Qué te pasa?

-A mí no, a ti. Bueno, a los dos.

-¿Qué?

-Hay algo que no sabes sobre tu nacimiento. Verás, es que yo… no te parí.

Pum. Un disparo me atraviesa el cerebro, es como si me acabara de separar de mi cuerpo. No puedo mover un músculo. ¿O sea, que mis padres no son mis padres, en el sentido biológico? ¿Qué mierda…? Bueno, aunque si lo piensas tiene bastante sentido. No me parezco en nada a ninguno de ellos, los dos son mucho más bajitos que yo. De pequeño todos decían que tengo los ojos de mi madre, pero supongo que es de esas cosas que se dicen por decir, como exclamar “qué guapo” ante un bebé aunque parezca un aborto de chimpancé. Supongo que esta debería ser una revelación de las que te cambian la vida, pero valoro rápidamente la nueva situación y no me resulta nada traumático el hecho de no compartir  genes con mis padres. De hecho, hasta me alivia un poco. Vuelvo a tomar posesión de mi cuerpo, y siento que todo va un poco mejor. Mi madre espera mi reacción ansiosa, las lágrimas empiezan a asomar en sus ojos.

-No pasa nada, mamá. -le cojo una mano para calmarla- Mira, si me adoptásteis no cambia…

-¿Adoptarte? -separa su mano, horrorizada- ¿Pero qué dices?

-¿Ah, no?

-Claro que no. Sí, hombre, iba yo a meter yo un niño en mi casa sin saber… que no digo que sean malos, ¿eh? Pobrecitos…

-¿Entonces? Pero acabas de decirme que…

-Lo único que he dicho es que yo no te parí.

-¿¿Entonces??

-Pues eso. Que en realidad… te cagué.

Nos quedamos en silencio. No puedo haber oído bien, ¿verdad? El ruido del local, el calor, los nervios… O sea, esto no puede haber pasado.

-Perdona… ¿qué has dicho?

-Que te cagué. Llevaba unos días sin ir de vientre y aquel día por fin fui al retrete.

-¡¿te has vuelto completamente loca, joder?!

-Fue muy doloroso, y claro, sin anestesia ni nada. Oí un “plof” y después un llanto…

-Ay, Dios…

-Todos me decían que tirara de la cadena, que era muy joven para fastidiarme la vida, pero dabas tanta pena, ahí flotando tan pequeño y tan marroncito que…

Se ha puesto a llorar. Todo el mundo nos mira. Durante unos segundos pienso que es todo una pesadilla. Me muerdo el labio hasta hacerme sangre, esperando despertarme en mi cama, pero no hay suerte. Vale, esta es la situación: estoy en un restaurante de moda, lleno hasta los topes, y mi madre está teniendo una crisis nerviosa a llanto pelado. Sólo hay una cosa que pueda hacer: saco el teléfono y finjo que tengo un mensaje.

-¡Mamá, qué mala suerte!-tengo que gritar para que se me oiga por encima de sus sollozos- ¡Es del trabajo, que es urgente!

-Siempre serás el fruto de mis entrañas… -dice sorbiéndose los mocos.

-¡Claro, claro! Pues nada, ya nos veremos mañana, o cuando vuelvas, ¡chao!

Me levanto con naturalidad y camino hacia la calle sin mirar atrás. Ya casi he alcanzado la puerta salvadora cuando el camarero me intercepta. Me mira con una mezcla de aprensión y lástima, como quien ve un insecto ahogándose en un vaso… lo cual define exactamente cómo me siento.

-¿El caballero había pedido un vino, verdad?- dice con una falsa sonrisa, señalando la copa que lleva en la bandeja. Cojo la copa. Por un instante, me visualizo rompiéndosela en la cabeza, la sangre chorreando de su frente. En vez de eso, me bajo el vino de un trago y le tiro cinco euros en la bandeja. Me voy cagando leches.

II. walk in the park

Miro el reloj. Ahora son las seis y diez. Susi sale tarde del curro, para variar. Es que vengo a buscarla todos los días al portal de su oficina, de lunes a viernes a las seis y los sábados a las tres. Como su trabajo está a cinco minutos de casa y siempre hacemos el camino sin hablarnos podríais preguntar qué sentido tiene seguir con este ritual absurdo. No lo hagáis. En serio, es una discusión perdida. Mira, ahí viene. Al menos tiene el detalle de despedirse ràpidamente de sus compañeros porque sabe que no los soporto.

-Hola.

-Ey.

Besito de rigor y echamos a andar en silencio, ¿qué os decía? Ah, la buena noticia es que he hablado con mi tía, que estaba en el hostal con mi madre y la encontró de lo más normal. Y vale, ahora que sale el tema: sí, sé que está un poco feo eso de abandonar a tu madre en un restaurante en pleno ataque de nervios, pero es algo que me pasa en las situaciones comprometidas, sobre todo en público: me anulo totalmente.

-Samuel, ¿me estás escuchando?

Miro a Susi, y por su cara de cabreo calculo que debe llevar un buen rato hablando conmigo. También tiene huevos la cosa, mira tú qué día le da por ponerse charlatana. Estoy tentado de asentir a lo que sea que estuviera diciendo -una táctica que he perfeccionado a lo largo de seis años de relación- pero no me siento con fuerzas ni ganas. Me rindo.

-Perdona, pero estaba pensando en otras cosas…

-Pues nada, hijo, si no te interesa me callo.

-Lo siento, ¿vale? Es que llevo un día de mierda.

-¿Qué te ha pasado?- dice resoplando.

-Mi madre.

-¿Qué ha hecho ahora?

-Cosas suyas…

-A ver, sabes que a tu madre la adoro. Pero muy bien de la cabeza no está. Cuéntame, porfa…

-Es una tontería, en serio.

-Pues dímelo.

-Nada, que se me pone toda trascendental, y me dice que no soy su hijo… bueno, que sí lo soy, pero que no me parió, que me cagó. -al decirlo en alto no puedo evitar reírme- Vamos, que soy un zurullo humano. ¿Qué te parece?

Espero una explosión de risa por parte de Susi, pero se limita a asentir, pensativa. Empiezo a pensar que he sido un insensible contando la crisis de mi madre como si fuera un chiste.

-¿Crees que es grave? ¿Debería pensar en internarla, o…?

-No, no. -y se queda callada.

-¿Entonces?

-A ver, siempre he notado que olías un poco raro…

-Susi, no hagas más bromas con…

-Y nunca se te ha dado bien nada. Eso tampoco es normal.

-¡Susana, joder! ¡QUE NO SOY UNA MIERDA!

-Si a mí me da igual, cari. -me coge de los mofletes, llorosa- Yo te quiero seas lo que seas.

No me lo puedo creer: otra chiflada. ¿Qué es lo que pasa? ¿Es que el mundo entero ha enloquecido? ¿O soy yo, que las atraigo?

-¿Pero dónde vas, Samu? ¡Espérame…!

-Es que me acabo de acordar de que no queda papel higiénico. Voy corriendo al súper, ¿vale?

Empiezo a andar más rápido, como si tal cosa, pero ella me sigue llamando a voces. La gente se gira a mirarnos. A la mierda: echo a correr, sin mirar atrás. Tropiezo con un anciano, que me da un pisotón. Le escucho decir “¡perdona!” mientras me alejo, cojeando. A los pocos segundos le vuelvo a oír: “Oh, mira, veinte euros. Qué suerte.”

III. los hijos del culo

Son las tres de la mañana de un lunes, estoy borracho y no es ni de lejos el peor de mis problemas. Acabo de descubrir en un día que mi novia y mi madre son unas psicóticas peligrosas. Llevo horas considerando mis alternativas: hasta ahora, la de emigrar y cambiarme de nombre parece la más razonable. Me acabo mi copa de un trago cuando, como por arte de magia, aparecen dos nuevas copas sobre mi mesa. Levanto la vista y veo al proveedor: es un hombre de unos cuarenta años, calvo y con bigote, parece un oficinista de tebeo de Ibáñez. Señala la silla vacía ante mi:

-Puedo, ¿verdad?

Se sienta antes de que se me ocurra una forma de echarle. Pero qué diablos, nada de lo que me haga este freak puedo empeorar mi vida, así que…

-Cómo guste. -me encojo de hombros- ¿Y usted es…?

-No importa mi nombre. -me mira a los ojos- Basta con que sepas que… soy como tú.

-¿Eh?

– “Prtz”- simula el sonido de un pedo- Ya sabes.

-La madre que… Mire, no sé qué broma retorcida es esta, pero déjenlo ya, por favor…

-Nunca has sido bueno en deportes, ni en los estudios, ni en niguna actividad manual, ¿verdad? Los camareros y dependientes te ignoran por sistema. Nunca has conseguido un premio, ni un reconocimiento, ni siquiera has vivido un día memorable. Tus jefes nunca te halagan, pero tampoco te martirizan si metes la pata. En resumen, el mundo entero actúa como si no existieras… ¿me equivoco?

-Bueno, vale… ¿y qué? Eso no prueba que sea un cagallón. Vamos, digo yo…

El tipo se toca la nariz y pasea su mirada por el local. Mis ojos siguen su recorrido, por acto reflejo. Compruebo que estamos sólos en nuestro lado del bar, mientras una multitud se amontona en la otra mitad. Noto que voy a empezar a llorar.

-No te creas que eres especial. Hay muchos más como nosotros, mojones que caminan entre los humanos. Nos hacemos llamar “Los Hijos del Culo”.

-Déjeme en paz, hombre… por compasión.- acierto a decir, mientras lloriqueo a lágrima viva.

-Sé que es duro de asumir ahora, pero piensa: ¿en qué cambia tu vida? Nos pasamos la vida persiguiendo el triunfo, queriendo destacar, hacer Historia. Y, como no lo conseguimos, nos enfadamos con nosotros mismos y con el mundo. Te sientes un fracaso, un perdedor, un desastre…

-Una mierda, vaya.

-Exacto. Pero he ahí lo maravilloso: en nuestro caso, lo somos. Lo somos. Así que, fuera presiones. Recuerda siempre esto: cuando nadie espera nada de ti, puedes hacer lo que quieras. -sonríe- Eres libre.

-”Libre”- repito, y supongo que sí, lo soy. Me siento como si me hubieran quitado una piedra del pecho. Tiene sentido. Aceptar la mediocridad es el camino hacia la liberación… no es una frase que hubiera firmado el Ché Guevara, pero a mí me vale.

Me seco las lágrimas y me pongo las gafas de nuevo. El hombre levanta su copa. Correspondo su brindis y nos las apuramos. “Hasta pronto, hermano” me dice mientras se levanta. Me da una palmada en la espalda y desaparece entre la gente, como una sombra.

Y, bueno, eso es básicamente todo. Llamo a Susi, le pido perdón y hacemos las paces. Le prometo que iré directo a casa y cuelgo. Pero antes de dejarles… sí, qué diablos, me voy a tomar una copa más. Me concederán que me la he ganado. Ahora que viene el camarero…

-¡Mira, perdona! ¿Me puedes traer…? ¡Perdona! ¿Alguien…?

NOTA: esta cosa nace a partir de una idea para un sketch, que luego se transformó en idea de guión de corto y hoy por fin ve la luz como relato. De hecho, es el primer relato corto que escribo. Espero que no haga honor a su título -como una simpática espectadora dijo una vez en internet refiriéndose a mi nombre artístico.