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la visita (true story)

coffee

 

Una agradable mañana de verano en la Mansión. Estoy sentado en la mesa de la cocina, aún con mis confortables calzoncillos-de-dormir, mientras espero plácidamente a que se haga mi vigoroso café marca “día”. La calma es abruptamente interrumpida por golpes en mi puerta. No me muevo. No suelo recibir visitas, y mucho menos por la mañana. Me imagino que será un comercial en busca de clientes; o mi casero, en busca de su alquiler; o un Testigo de Jehová en busca de almas. En cualquier caso, no tengo nada para ellos. Vuelven a llamar, esta vez con más fuerza. Cojo aire: no van a conseguir amargarme el día. Más golpes, más fuertes. No aguanto más. Doy un puñetazo a la mesa y me pongo unos pantalones a toda prisa. Dios, cómo odio a todo el mundo. Abro la puerta, desquiciado.

 

-A ver, ¡¿qué?!

-Hola, Denny.

 

Es un hombre de unos cincuenta y tantos años, bastante feo, que luce una gran barba canosa y viste un traje sobado. Estoy a punto de cerrarle la puerta en las narices cuando caigo en que me suena. Le conozco, seguro, me ha llamado por mi nombre y todo… pero no se me ocurre de qué.

 

-Eh… hola. –tanteo.

-¿No me reconoces?- me dice, sonriente.

-¡Sí, hombre, claro!- exclamo, con una risa que me suena falsa hasta a mí. Intento improvisar para ganar tiempo-. Es que… hacía mucho tiempo… ¿no?

-Qué mal mientes. No tienes ni idea de quién soy, ¿verdad?

-Perdona, sé que nos conocemos, pero ahora mismo… Me acabo de levantar y no estoy muy…

El hombre se echa a reír. Tiene una risa escandalosa y desagradable. Empieza a darme miedo.

-Soy tú, Denny.

-¿Qué eres mi qué?

-Soy tú. O, mejor dicho, lo fui. Soy el Denny del futuro.

 

Estoy a punto de mandarle a cagar, cuando me doy cuenta de que… es cierto. El tipo es idéntico a mí. Un poco más estropeado, claro, pero es yo. Y bueno, a ver, una vez te fijas tampoco es que sea tan feo. El viejales tiene un puntito canalla.

 

-¿Puedo…?- me dice, señalando el interior.

-Claro, claro…

 

Entramos en el momento justo, el café está a punto de salirse. Lo apago. El hombre –o sea, yo… el otro “yo”- se sienta, mirando la casa con una sonrisilla extraña… ¿tal vez nostálgica?

 

-¿Te apetece un café?

-Venga.

-¿Cómo te gusta?

 

El hombre levanta una ceja, burlón. Entiendo. Sirvo los dos cafés con leche y cucharada-y-media de azúcar. Asiente, aprobadoramente. Me siento a su lado y esperamos a que se enfríe, en un tenso silencio. Finalmente, reúno el valor para hablar.

 

-¿Y bien? ¿Qué es?

-¿Qué es qué?

-Lo que sea que hayas a decirme desde el futuro. –trago saliva- Venga. Estoy preparado.

-Ah, eso… pues… en realidad, nada.

-¿Cómo “nada”?

-No. Sólo venía a saludar.

 

Me quedo helado. Balbuceo, pero no consigo articular palabra. Mientras, Denny-del-futuro se me queda mirando con ojos de besugo.

 

-Perdona… ¿Te estás quedando conmigo?

-No. ¿Por qué?

-¿Haces un viaje en el tiempo sólo para eso? Tendrás algo más que decirme, espero.

-Oh, claro. –se queda un rato, pensativo- Mucho calor, ¿no?

-Me cago en… ¡Pero serás gilipollas!

-Lo siento. Es que no sé que quieres que te diga.

-Pues no sé, algo sobre mi vida. Se supone que tendrías que darme alguna advertencia, un consejo, o…

-Mmm… pues así, a las bravas… no se me ocurre.

-Por ejemplo… ¿cómo está la situación mundial?

-Igual, supongo.

-¿“supongo”?

-Es que no tengo tele.

-¡Que no tiene tele, dice! ¿Pero tú te crees que esto es normal?

-Bueno, ¿qué pasa? ¿Tienes tele, tú?

-No…

-Ahh… ¿lo ves?- dice, triunfante.

-Bueno, pero no es una cosa intencionada, o sea, espero comprarme una cuando tenga dinero… aunque si tú no la tienes quiere decir que nunca he conseguido… ay, Dios…

-Mira, esto empieza a liarse. Creo que es mejor que me vaya.

-Al menos dime si te va bien, si eres feliz ¿no?

-Pues mira, hoy tenía un buen día, pero me lo estás empezando a joder.

-Entonces, ¿a qué cojones has venido?

-Ya te lo he dicho, imbécil. –me dice entre dientes, poniéndose rojo. ¿Estará loco?-  ¡Sólo quería decirte hola!

-Bueno, pues ¡¡“hola!”!!

-¡¡Hola!!- grita, yéndose- Capullo…

 

Cierro la puerta de un portazo. Oigo cómo se aleja escaleras abajo, farfullando como un psicópata. Paseo por la cocina hasta que me tranquilizo. Entonces tengo una idea: abro el ordenador y entro en e-bay, con el único propósito de encontrar una televisión barata, sólo por joderle. Qué diablos, con suerte podría provocar una paradoja temporal que mandara el Universo a tomar por culo. Veo un par de plasma que no están nada mal… Entonces me acuerdo de que no tengo saldo en mi tarjeta. Tendría que bajar a meter dinero, pero el banco me queda lejos y… en fin, ¿qué más da? Me acabo el café. El sol brilla, pero no me engaña. Todo es una puta mierda, ¿no creen?

 

NOTA: Bueno, verán que esto no forma parte del serial. La verdad es que se está haciendo más grande y complicado de lo que pensaba, pero volverá, no lo duden. Esta entrada nace de un tweet que no llamó mucho la atención, pero a mí me hacía bastante gracia (suele pasarme). También quería hacer algo que sólo me llevara un día, para variar.

 

NOTA2: Por supuesto, todo lo que aquí se narra es real.

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la esperanza es un plato que se sirve frío (3)

nube

 

Continúa de cap. 1 y cap. 2

 

Capítulo 3: “Qué bello es vivir”

 

I

 

El reloj de mi teléfono marca las 7:59. Apago la alarma justo antes de que suene, no va a ser necesario. Otra noche en vela, y van… Aún así, la sola idea de salir de esta cama se me antoja titánica. Observo impotente cómo pasan los minutos: 8:05. 8:12. 8.19. Ya no tendré tiempo para desayunar. De todos modos, aunque me hubiera levantado a tiempo, el montón de platos sucios que ocupa perpetuamente nuestra cocina me habría quitado las ganas de preparar nada. La palma se la lleva un vaso con una enorme grieta en forma de “d” que, si la memoria no me falla, no ha sido lavado nunca desde que vinimos al piso. Eva lo usó para tomar un zumo -que no le gustó- y ahí lo dejamos criando moho, primero por desidia y después por curiosidad científica. Estos días, la materia verde ha adquirido un inquietante tono negruzco y está a punto de alcanzar el borde del vaso. Me gusta pensar que es una metáfora de nuestra relación. Finalmente, a las 8:26 reúno fuerzas para ponerme en pie. Pero antes de dejar el cuarto, hay una desagradable tarea de la que debo ocuparme…

 

-Eva… -no reacciona. La empujo un poco- ¡Eva!

-¿…mmqué?

-Acuérdate de que tienes que ir a firmar lo del paro hoy…

-Ya lo sé…

-Pero hazlo, ¿eh? Mira que si no, te quitan el subsidio…

-Que ya lo sé, joder… No soy subnormal.

-Lo puedes hacer por Internet si…

-¡Te quieres abrir ya!

-Vale, vale…

 

Entro en el baño y me desnudo para darme un agua rápida. Antes de meterme en la ducha, cometo el error de mirarme en el espejo. Oh, Dios. ¿En serio soy yo ese hombre viejo y fofo? Ya he pasado esa fase de parecer mi propio padre, ahora soy más bien como un primo retrasado de mi abuelo. ¿Cómo he llegado a esto? Será cosa de la resaca, imagino: esa única e ininterrumpida resaca que llevo viviendo desde hace veinte años. Les he hablado del aspecto hinchado y desaliñado de Eva, pero hay que reconocer soy un consorte más que digno. Parece increíble pensar que hubo un tiempo en el que había gente que quería follar con nosotros. Oh, y nosotros nos aprovechamos de ello, por supuesto. Luego venían las broncas, separaciones, apasionadas reconciliaciones… y vuelta a empezar desde la casilla de salida. Ahora… bueno, ahora nadie quiere follar con nosotros. Ni siquiera nosotros queremos follar con nosotros. Ocurre cada tres meses o así, en esos extraños momentos en que la intoxicación y la lujuria vencen a la aprensión. Imagino que desde fuera debe resultar un espectáculo grotesco e hipnótico a la vez, como ver dos hipopótamos locos intentando agredirse con sus genitales. Tras acabar, ni siquiera podemos mirarnos en todo el día, de pura vergüenza. Ups, las 8:51, se me ha vuelto a ir la olla. El hombre del espejo me devuelve la mirada con gesto burlón. ¿Saben? La gente se cree que tocas fondo cuando te miras al espejo y sientes asco. No es verdad. Tocas fondo el día que te miras al espejo, ves que das asco y te da igual. Entro en la ducha y abro el agua, aunque sé que no servirá de nada.

 

Salgo de mi hogar, dulce hogar. Me fumo un pitillo mientras voy de camino al trabajo, caminando a buen ritmo. Estoy a punto de alcanzar mi destino cuando miro el reloj: las 9:19. Mierda, es demasiado pronto. Doy un par de vueltas a la manzana hasta que dan las 9:25. Ahora sí, es el momento. Asomo la cabeza desde la esquina y espero. Simulo consultar algo en el teléfono unos instantes… y entonces, por fin, la veo.

 

Echo a andar hacia Ella intentando aparentar normalidad, coordinando mi velocidad con la suya para que crucemos la puerta en el mismo momento. Ambos estamos llegando ya a la entrada. Oh, Dios, la tengo a menos de un metro de distancia. Voy a abrir la puerta para dejarle paso cuando, ¡mierda! alguien se me adelanta. Consigo recuperar mi posición con un empujón casual y camino apenas un paso tras ella. Radiografío mentalmente todos los detalles de este breve encuentro: su perfume (es el de siempre), su pelo (hoy lo lleva recogido), su ropa (traje-chaqueta morado, pero no muy formal… ¿quizá vintage? Ni idea, pero le sienta de muerte), su expresión (seria, quizá más de lo normal… ¿estará preocupada? ¿Por qué? ¿Problemas en el trabajo? ¿Sentimentales?), el ruido de sus zapatos contra el suelo… Es importante absorberlo todo, porque este recuerdo, que repasaré mentalmente cientos de veces, será lo único que me hará aguantar toda la jornada en este trabajo de mierda sin estallar.

 

Atravesamos el hall y nuestros caminos se separan definitivamente: ella sube a la planta superior, mientras yo me dirijo a los vestuarios, donde me espera mi chalequito verde. Ah, no se lo había dicho, ¿verdad? Soy reponedor en una gran superficie dedicada al mundo del entretenimiento. Efectivamente, en…

 

INTERFERENCIA 01

 

Más allá de la atmósfera, allí donde ni siquiera Félix Baumgartner se atreve a aventurarse, hay un lugar rebosante de paz, armonía y lucecitas bonitas. Richard Dawkins lo llamaría ridícula fantasía fruto de la superstición y la ignorancia. Nosotros, para abreviar, vamos a llamarlo Cielo.

 

-Y bien, Salandriel. ¿Te crees preparado para ganarte tus alas?

-Sí, Padre.

-Sabes que antes debes cumplir una dura prueba.

-La que sea.

-Celebro tu entusiasmo. Pero sé cauto, la confianza en uno mismo, cuando es excesiva, puede transformarse en orgullo.

-Tiene razón, Padre. Descuide.

-¿Y cuál será tu labor entre los hombres, Salandriel? ¿Alimentar a los hambrientos? ¿Consolar a los moribundos? ¿Salvar a los descarriados?

-Ninguna de esas, Padre.

-¿Entonces?

-Quiero hacer brotar el Amor allí donde nadie lo creería posible.

 

FIN DE LA INTERFERENCIA

 

II

 

Entro en casa, con el peso de ocho horas y media de aburrimiento y humillaciones sobre los hombros, y no puedo creer lo que veo. Sobre la mesa de la cocina, hay una bandeja llena de croquetas de jamón marca “Día”, una pizza 4 quesos Casa Tarradellas y dos litronas de cerveza.

 

-¿Y esto?

-Sorpresa. He hecho la cena.

-Oh. Joder, gracias.

-Bueno…- dice sirviéndome un vaso- y también tenía que contarte una cosa…

-¿Qué ha pasado?

-Nada, que estaba saliendo de casa y me llamó Susi y… ya sabes cómo se enrolla, total… que se me fue la olla y… no llegué a lo del paro.

-Ay, Dios…

-Me cago en la puta, si es que soy lo peor. ¿Estás enfadado?

 

¿Enfadado? Bueno, supongo que debería estarlo. Menos dinero supone que no podremos pagar el alquiler, a no ser que dejemos de comer, y, lo que es peor, salir… por no hablar de las facturas. Pero no, no estoy enfadado. Hace tiempo que esta parodia de vida ha dejado de afectarme. Es como ver desde el sofá un serial de muy bajo presupuesto. Solo vivo cuando la veo a Ella… ¿de verdad estaba preocupada? ¿O son solo imaginaciones mías? ¿Cómo podría…?

 

-¡Que si estás enfadado!

-Pues… -me encojo de hombros- Ya nos apañaremos, ¿no?

-¡Yeah! –grita, aliviada- ¿Te parece si cenamos rápido y bajamos a tomar una?

 

Qué diablos, tampoco es que tenga ningún plan mejor, ¿no? Me bebo el vaso de cerveza de un solo trago. Un sabor agradable, aunque un poco amargo, recorre mi garganta. Al dejar el vaso en la mesa, veo una extraña grieta que lo recorre.

Tiene forma de “d”.

 

Continúa en el capítulo 4: “Primer contacto”.

la esperanza es un plato que se sirve frío (2)

Continúa del cap. 1

boca

 

Capítulo 2: “La peor novia del mundo”.

 

I.

 

Supongo que no soy lo que se puede decir una persona de aromas. Sé que el campo huele a campo, la ciudad huele a ciudad y los pedos huelen a risa. Y esos son, básicamente, todos los olores que mi cerebro es capaz de distinguir. Para que se hagan una idea, la última vez que me puse colonia fue el día de mi primera comunión. Mis inquietudes en este área no van más allá de utilizar gel y desodorante Axe durante y tras mi ducha diaria. En cuanto a mi fidelidad a esta marca, no piensen que se debe a un gusto desmesurado por su olor, ni mucho menos: simplemente era la marca que me regalaban en Navidades desde la adolescencia. Muchos años después sacaron esas campañas publicitarias en las que las mujeres se transformaban en perras en celo en cuanto aspiraban sus efluvios, dejando bien a las claras cuál era el nicho de mercado que perseguía Axe: el de los gilipollas. Recuerdo haberme planteado seriamente abandonarles por su desvergüenza, pero el mal ya estaba hecho. Ahora incluso me divierte la mirada de “¿en serio?” que me echa la cajera del supermercado cada vez que compro un pack. A veces hasta me despido de ella guiñándole un ojo seductoramente, sólo por ver su expresión de contenido desprecio. Hey, es una de las ventajas de no tener orgullo.

 

No, no soy en absoluto una persona de aromas. O, mejor dicho, no lo era. Hasta que llegó ella.

 

Recibo apenas una ráfaga, cuando nos cruzamos en la puerta del trabajo, camino de nuestros mundos respectivos. Y no se debe a que utilice una colonia especialmente penetrante. Es perfume mezclado con piel mezclado con alma. Huele a bailar de noche junto al mar. Huele a cerveza fría después del sexo. Huele a despertar en una almohada fresca mientras el sol entra por la ventana. Huele a ronroneo de gato. Huele… a esperanza.

 

Sea lo que sea, es un olor que no podría ser más diferente al que invade mis fosas nasales en este momento. Estoy en la cama bajo Eva que, entre ronquidos, vuelca su aliento post-cogorza a milímetros de mi nariz. El olor es tan penetrante que atraviesa todas las barreras que podrían obstaculizar su paso como la coca – con tropezones, ¿recuerdan?- que consumí hace apenas tres horas, los mocos ensagrentados o la característica peste a miseria de nuestro piso. Ah, y si estamos así de juntitos no es por romanticismo, sino porque el otro lado de la almohada está cubierto de vómito. Pero no es la farlopa, ni los ronquidos, ni el olor lo que me mantienen despierto mientras amanece. Lo cierto es que últimamente no duermo mucho.

 

Supongo que tienen curiosidad por saber cómo acabé teniendo la peor novia del mundo, ¿verdad? No es que no fuera algo premeditado, claro. No es el tipo de meta que alguien se pone en la vida. Empezamos a salir hace como veinte –Jesús, ¡veinte!- años. Y, aunque sea difícil de creer, entonces no éramos los grotescos despojos que tienen ahora ante ustedes. De hecho, antes de inflarse por el alcohol y la medicación, Eva estaba razonablemente buena. Y debo añadir que yo, sin ser guapo, tenía lo que algunas amigas definieron como “un punto raro morboso”. Yo tocaba en un grupo “grunge”, ella cantaba en otro -además de ser camarera en uno de los bares rockeros de moda- y los dos estudiábamos en la universidad. Algunos amigos nos llamaban Kurt y Courtney –y nosotros nos hacíamos los indignados pero, por supuesto, nos encantaba. Irónicamente, con los años ha resultado una comparación más que acertada… ahora que Courtney es una yonki acabada y Kurt… en fin, supongo que ya saben lo de Kurt.

 

Pero noto cierta incredulidad en sus mirada. Están pensando: “¿La peor novia del mundo? ¡Vaya un exagerado! La chica es un poco excesiva, nada más”. Bien, revolveré el baúl de los recuerdos dolorosos para ustedes. Para que no haya la más mínima duda de la veracidad de lo que les cuento intentaré ser lo más imparcial y aséptico que pueda. Escojamos una anécdota al azar, por ejemplo… vale, ya la tengo.

 

 

II.

 

CASA DE PADRES ÁLVARO. INT. NOCHE

 

Un piso pequeño, decorado con motivos navideños. Sobre la mesa, bandejas de turrón, platitos con uvas y copas de champán). Están sentados ÁLVARO (ese soy yo), EVA, MADRE DE ÁLVARO y PADRE DE ÁLVARO. La TV, encendida, retransmite en directo desde la madrileña Plaza de Sol.

 

PADRE          : (levantando su copa) ¡Feliz Año nuevo!

 

MADRE         : Espera a las doce, Fermín.

 

Todos ríen de buen humor. Tras unos instantes se hace el silencio, solo roto por Eva, que se tapa la boca, presa de un ataque de risa. Todos la miran, divertidos.

 

EVA               : Perdón…

 

MADRE         : ¿Qué pasa, niña? (señala a su marido) Las tonterías de este, ¿no?

 

EVA               : No, no, es otra cosa… (vuelve a reírse)

 

ÁLVARO      : (por lo bajo) Eva, por favor…

 

MADRE         : Ay, deja a la chica que se ría si quiere.

 

PADRE          : Pero que nos diga qué es, ¿no?

 

EVA               : (señalando a Álvaro, entre risas) Se comió una polla una vez…

 

MADRE         : (pálida) ¿Q-qué?

 

ÁLVARO      :¿Pero es que estás loca, JODER?

 

EVA               : (gritando, histérica) ¿AH, NO? ¿Y LUEGO EN AQUELLA RAVE QUE NOS ENROLLAMOS CON AQUELLA DRAG, QUE ESTÁBAMOS DE PIRULAS, QUE LUEGO TE FUISTE A PILLAR MEDIO GRAMO Y PASASTE DE MI CULO?

 

Se hace el silencio. Todos miran abajo, avergonzados. La madre llora. En la TV, empiezan a sonar las doce campanadas.

 

TV                   : ¡Feliz 2005 a todos!

 

EVA               : Eh… esos eran los cuartos, ¿no?

 

Supongo que basta para que se hagan una idea, ¿no? En fin, me gustaría que la anécdota fuera más definitiva, poder señalar un punto exacto en el tiempo, una decisión errónea donde decir “y así fue como todo se jodió”; pero realmente las cosas nunca funcionan así. Uno no se encuentra con una vida de mierda de un día para otro. Es un proceso de degradación lenta e imparable. Su grupo no llegó a nada, el mío tampoco, dejamos de estudiar… Pasas de un trabajo de mierda a otro un poco peor, cinco días puteado, ponerte el sexto y descansar el séptimo. Tus amigos que triunfan desaparecen, y son sustituidos por otros de tu mismo status. Y sin que te des cuenta pasa una semana tras otra tras otra tras… hasta que un día tienes un momento de claridad, examinas tu vida y ves que no hay ninguna posibilidad realista de mejora. Que no hay ningún escenario posible en el que salgas de la mierda.  La parte buena es que, cuando llegas a este punto, ya ni siquiera te importa. No hay rabia, ni furia, ni desesperación. Solo una suave y continua tristeza, pero hasta eso se va desvaneciendo poco a poco. Cuando has perdido la esperanza, dejas de sentir nada.

 

Y así estoy yo: sin esperanza. O, mejor dicho, así es como estaba.

 

Hasta que apareció Ella.

 

Continúa en el capítulo 3: “Qué bello es vivir”.

 

NOTA: bueno, ha tardado más de lo que debería, pero aquí está el capítulo 2. espero ir publicando las entregas siguientes cada 10 días, más o menos. tampoco estoy seguro de cuántos capítulos quedan, pero el plan es acabar antes del verano. veremos.

la esperanza es un plato que se sirve frío (1)

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Capítulo 1: “Lunch-time”

I

No, no es guapa. O sea, cualquier chica puede ser guapa. Sales a la calle, y dices: “mira esa chica, qué guapa”; o “no, esa otra es más guapa”. Tienes una novia guapa, amigas guapas, una prima del pueblo guapa… Hasta tu madre puede ser guapa –ya, ya sé que la tuya en concreto no, pero entiendes a dónde quiero llegar, ¿verdad?- En Madrid la gente se llama guapa o guapo de forma rutinaria,“Hola, guapa”. Ni siquiera tienen que caerse bien, allí es como decir “hola… persona”. Ya puedes tener una jeta como la almorrana de un leproso, que al final del día te habrán llamado guapo quince veces. Así que, respondiendo a tu pregunta: no, no diría que ella es guapa. Es hermosa. Tan hermosa que ni siquiera la deseo. Es decir, claro que sí querría, pero… no, lo que siento por ella va más allá del deseo. Es… adoración. Sí, eso es: la adoro. La idea de tocarla me parece un sacrilegio, porque no somos de la misma especie. Es como esas series de dibujos antiguos donde tenías aquellos hombres bajitos y contrahechos y las mujeres diosas de dos metros a las que ni siquiera podían ver la cabeza, ¿te acuerdas? La adoro más allá de la esperanza. Ni siquiera me planteo tener una conversación con ella, ¿para qué? Me conformo con verla cada día. Saber que existimos en el mismo mundo, que hay una vida más allá de esta parodia de mierda. Una vida mejor.

-¿Y qué tiene de malo la vida que llevamos?

Increíblemente, Rober me pregunta de forma sincera. Estamos sentados en el diminuto baño de un antro, sólo separados del húmedo suelo por nuestros vaqueros raídos, mientras nos hacemos unas rayas. Son las tres de la mañana. Martes. Pero hey, solo se tienen 38 años una vez.

-Supongo que nada…- contesto con desgana.

-Es que no sé por qué te estás quejando siempre. Tienes tu curro fijo, el grupo, tu pisito… bueno, y tu novia. Ya le molaría a un montón de gente estar en tu lugar.

¿Lo ven? Esto es algo que me cabrea sobremanera: el estúpido argumento de “hay gente que está peor” cada vez que protestas por algo. No te jode, por supuesto que siempre va a haber un pringado que está peor que tú, pero eso no hace que te sientas mejor… a no ser que seas un sádico. Sádico, e imbécil. He llegado a la conclusión de que los homeless, yonkis y prostitutas callejeras son en realidad funcionarios pagados por el gobierno para que los desgraciados de a pie aceptemos nuestra tortura diaria y, encima, agradecidos. Los imagino llegando a casa, quitándose las ropas sucias y el maquillaje para ponerse un batín de seda y servirse un whiskey. Estoy a punto de replicarle a Rober la subnormalidad que acaba de soltar cuando la puerta se abre a mis espaldas, lanzándome despedido contra la pared. Por suerte, Rober reacciona rápido y, exhibiendo reflejos que nadie sospecharía al ver su eternamente adormilado gesto, rescata la tarjeta sin que se derrame una micra.

-¡Perdón, chavales, perdón!

El intruso es un borrachuzo gordo que entra pisoteándonos mientras se baja la cremallera. Antes de que podamos protestar, se saca la polla y comienza a mear. Un chorro marrón cae a borbotones, como una catarata de miseria. Gotitas de pis rebotan contra la taza y caen sobre la tarjeta donde está nuestro tentempié nocturno. Sin esperar siquiera a la sacudida de rigor, el intruso se guarda el arma del crimen y desaparece. Rober y yo nos miramos, desolados. Tras unos segundos, mi camarada se encoge de hombros.

Hacemos lo que tenemos que hacer.

II

Subimos las escaleras, con el sabor de la coca –y de aquello en lo que no quiero pensar- en el fondo de la garganta. El panorama en la planta superior no es mucho más bonito: apenas hay una docena de habituales, en distinto grado de intoxicación. Ni siquiera hablan o hacen el mínimo esfuerzo de divertirse. Me darían asco si no fuera porque son mi gente. Todos atrapados en una eterna huída hacia delante, como lemmings asmáticos arrastrándose lentamente hacia el abismo. Una mujer rechoncha, con una enmarañada melena verde, despega la cabeza de la barra y me mira con ojos inyectados en locura.

-Has estado metiéndote, ¿verdad? ¡Has estado metiéndote, hijo de puta!

La perturbada se acerca a mí amenazadoramente, blandiendo una botella de cerveza. Busco a Rober, pero se ha escaqueado con una habilidad que sería la envidia de un Ninja. Antes de que pueda aplacarla, la mujer tropieza y se desmorona en el suelo, como un saco de melones podridos. Todo el mundo se ríe de ella: una gota de alegría en el Infierno. La observo unos segundos: no parece respirar. ¿Estará muerta? Me agacho a su lado y la oigo murmurar insultos, al borde de la inconsciencia. No ha habido suerte. Me armo de valor e intento levantarla del suelo. Desde lo más hondo de sus entrañas, una arcada se abre paso a la superficie. Vómito anaranjado se derrama por sus labios, su ropa, mi mano…

Damas y caballeros, les presento a Eva.

Mi novia.

Continúa en el capítulo 2: “La peor novia del mundo”.

NOTA: este es el 1er capítulo de un serial que se irá completando a lo largo del verano. viendo las estadísticas del blog he visto que las entradas que más les han interesado han sido las de relatos de ficción, desde luego mucho menos que mis profundos pensamientos sobre mi carrera o la comedia. mensaje captado. no se incomoden por ello, después de todo aquí son ustedes mis invitados.

el asesino era el felpudo (by More MEro)

Felpudo

En la Mansión de Denny las cosas no son como en el resto de mansiones. En la penthouse delcomediante gallego, el asesino no es el mayordomo. Es el felpudo.

“¿El mayordomo? No, eso es una mariconada”, esputó Denny de buena mañana aquel domingo, enfundado en su bata granate, muy a lo Hugh Hefner. “En mi casa el asesino va a ser el felpudo. He leído que hay felpudos diseñados para matar, y quiero uno.”, prosiguió. “¿Es que no confía en mí, señor?”, quiso saber su mayordomo. “No, Rudolf, es evidente que no”, contestó Denny, implacable.

Así que se compró un felpudo inteligente. Se trataba de un gadget muy inusual, tremendamente difícil de encontrar, ya que casi nadie sabía (ni sabe) de su existencia. “Espías & Graznas” se llamaba la tienda donde lo adquirió. “Su inteligencia artificial es asombrosa, señor. Ya verá cuando lleguen visitas desagradables a su casa. En cuanto abra usted la puerta y diga unas palabras para recibir al visitante en cuestión, WELCOME TO HELL (ése era el nombre del modelo) sabrá automáticamente si ha de acabar con la vida de ese individuo o no. Éste sistema puede discernir entre un tono de voz receptivo y uno hostil, independientemente de las palabras que se digan”.

Denny parecía cada vez más interesado en el producto. “Pruebe, pruebe.” – continuó el dependiente de la tienda –  “Me pongo el felpudo bajo los pies, y usted me dice algo. Dígame unas palabras amenazadoras, algo como NO ME GUSTA SU MALDITO FELPUDO, o algo así, pero dígamelas en un tono amable, entrañable, ¿de acuerdo? Verá cómo el felpudo no me mata en absoluto. Le aseguro que no querrá marcharse de aquí sin su WELCOME TO HELL.

A Denny le salió en ese momento una sonrisilla de medio lado de lo más pillastre. Tomó aire, levantó ligeramente la barbilla, se inclinó hacia el vendedor y, muy serio, con el ceño fruncido, le susurró con una voz tan negra como el sobaco de una gárgola del infierno: “Pablito clavó un clavito”.

“¡Argh! ¡Maldito seas, cliente desconocido!”, alcanzó a gritar el comerciante, mientras la muerte le subía por las piernas. Al escuchar la amenazadora voz oculta tras aquellas vacuas palabras, el letal artefacto se había accionado. “El felpudo tiene… tiene unos pinchos diminutos, cargados de veneno, que se accionan con las palabras insufladas de odio de su dueño, aunque éste diga PABLITO CLAVÓ UN CLAVITO”, dijo agonizando el vendedor, con Lady Guadaña arañándole el corazón. “Me lo llevó”, contestó un impertérrito Denny, y empujó al vendedor, que se desplomó contra el frío suelo. Denny introdujo el producto en el interior de su mochila de pinchos y se marchó de la tienda regalando un “Yeah” de desdén hacia el moribundo que yacía tendido sobre las baldosas del local.

– ¿Pero qué es esta mierda?

¿Cómo? No entiendo.

– Esta mierda de un felpudo que mata. ¿Qué coño es eso? Esto es una chorrada.

¿Quién habla?

– Soy un lector, ¿vale? Por desgracia, claro. Estaba ojeando el blog de Denny Horror, y me he encontrado esto. Maldita la hora…

¡Eh! ¿Y no te gusta?

– ¡No! Claro que no. El blog no está mal, pero esto… ¿qué coño es esto?

A ver, Denny me ha invitado a escribirle algo, y le he escrito esto. Bueno, no sé… Respeto que no te guste, pero oye, que el título estaba bastante claro, ¿no? Ya sabías dónde te estabas metiendo.

– Bah, qué va, tío. Nada, eso no es excusa. El título era atractivo. Me indujo a leer. Me engañaste, mierdas.

No me gusta que te comportes así en la Mansión de Denny. Eres un maleducado. No sigas por ahí.

– ¡Ja, ja, ja! “No sigas por ahí”, dice. Qué pringao…

¿Cómo te llamas, hijo?

– Pablito. Me llamo Pablito.

¡Ja, ja! Pablito. Vaya nombre de idiota.

– ¡Eh!

¡Ah! ¡Ya sé! Te has ofendido por lo de “Pablito clavó un clavito”, ¿eh? No porque el texto no mole.

– No. Me he molestado porque el texto no hay por dónde cogerlo.

No. Lo siento. Yo tengo razón, y tú no. Y, por molestar, vas a ser la siguiente víctima del felpudo.

– ¿¡Cómo!? Pero eso… eso… ¡eso no tiene lógica!

¿Cómo que no? ¿Nunca has oído hablar de la lógica interna de una pieza de ficción?

– No.

Pues cállate y muere.

– Jo…

Al día siguiente de comprar su nuevo juguetito, Denny se encontraba en casa, aburrido. Su mansión es grande, y en ella cabe mucha anodinia. El destino quiso que le llegase a su bandeja de entrada de correo electrónico un mensaje de un tal Pablito. Parecía un fan. “Me gusta mucho tu blog”, comentaba el susodicho en el correo. “En especial el texto del felpudo”, decía a continuación. “¿Puedo pasar esta noche por tu mansión?”, inquiría el fan al final del escrito. “Faltaría más”, le contestó el futuro anfitrión de la velada. “Ven a las 21h. Y trae una buena botella de vino.”, le escribió por último, y se retiró a sus aposentos a prepararse para recibir a su primer pre-cadáver felpudístico oficial.

Y a las nueve en punto sonó el timbre de la puerta. Denny se dispuso a caminar hacia la puerta. “¿Quiere que abra yo, señor?”, quiso saber su mayordomo. “No, hostia”, contestó el gallego, visiblemente molesto. “Además, ¿tú no estabas despedido?”, preguntó. “No, señor, que yo sepa no. Me gustaría seguir trabajando para usted. Me gusta mucho su chiste del retrasado luchando contra un hipopótamo en una plaza de toros. Me recuerda mucho a mí película favorita: GLADIATOR”. “¡Ja, ja! Sí… ése es bueno”, dijo Denny, con una amplia sonrisa. “Pero, ¿sabés qué, Rudolf?”, prosiguió, cambiando su expresión a una de disgusto. “Hay dos cosas que me rompen el culo: una el papel higiénico del MERCADONA, y la otra son los chantajistas emocionales. No intentes jugar con los sentimientos de este Cómico da Morte. Estás despedido, Rudolf. Ahora vete. ¡Ah! Y acuérdate de venir mañana a por tus cosas. Cuando vengas, asegúrate de colocarte bien sobre el felpudo cuando llames a la puerta, ¿eh, Rudolf? Y trae una buena botella de vino”.

Volvió a sonar el timbre de la puerta, y Denny comenzó a caminar hacia ella, mientras Rudolf se dirigía a la puerta de atrás, entre sollozos. Denny abrió la puerta principal.

“Hola. ¿Denny? Soy Pablito”. “¿Pablito? ¿El de PABLITO CLAVÓ UN CLAVITO?, contestó el anfitrión, con una voz cínica y con tintes de desprecio, elevando ligeramente su labio superior, como si se tratase de un ídem leporino.

Y Pablito comenzó a morir. A morir lenta y angustiosamente. Una muerte indigna para un ser indigno.

– Bueno, ya vale, ¿no? No hace falta recrearse tanto.

Te jodes. No haber interrumpido mi prosa.

Y así termina la historia de cómo Denny colocó un felpudo especial en su vida. El felpudo para las visitas no deseadas. El felpudo letal. El felpudo de la Mansión de Denny.

FIN

NOTA: y así, después de semanas de sequía -bueno, sí, intentaremos enmendarnos, jo- vuelve la Mansión con la primera colaboración especial. Y quién mejor que More MEro para inaugurar esta sección! Es ideal porque: 1- More MEro es amigo mío y me debe algún favor; 2- porque More MEro no tiene nada mejor que hacer y se aburre mucho y 3- (y más importante) porque More MEro es, a ratos, mi cómico favorito (una posición de dudoso honor que varía según mi estado de ánimo, pero MM siempre está en mi top-5). Es brillante, original y arriesgado. Vamos, que reúne todas las papeletas para comerse una mierda en el panorama hispano. Pero si aguanta las hambrunas y los dioses le son propicios, no me cabe duda de que alcanzará las metas que le vengan en gana. Y algún día podré decir a mis compañeros de asilo con orgullo que, una fría noche de invierno, le di cobijo en mi Mansión. No dejen de seguirle en su twitter, su blog, y, con suerte, pueden encuentrarle actuando en algún sótano putrefacto para cuatro alcohólicos malolientes (seguramente yo sea uno de ellos, así que acérquense a saludarme).

yo viví con un gato parlante…

I.

-Piensa un deseo.

Y Félix se sorprendió al darse cuenta de que, en realidad, no deseaba nada. Estaba satisfecho con su vida tal y como era. Y concedámosle que no le faltaban motivos: a sus 30 años, era un guionista de cine a punto de dar el paso a la dirección, reconocido por sus colegas y por la crítica. Vale que no era ni mucho menos famoso, pero contaba con una considerable masa de espectadores que disfrutaba sus comedias urbanas, además de 50.000 seguidores en Twitter que reían sus chistes, aplaudían sus proclamas políticas y masajeaban su ego diariamente. Cierto que alguna vez había fantaseado con un éxito comercial que le permitiera tener chalet con piscina o un deportivo, pero se había acostumbrado a su ático del centro y su estilo de vida cómodo, sin lujos pero sin complicaciones. En cuanto al amor, no tenía pareja, ni eso le quitaba el sueño. Su status de artista de culto, su buhardilla y los rollos de una noche le llenaban más que de sobra, muchas gracias.

-Mi arma, que es para hoy. -dijo la vieja gitana- Piensa un deseo y por éstas que se cumplirá.

Félix comprendió que la situación se estaba alargando demasiado y tenía que decir algo ya. La buena mujer aguardaba su respuesta expectante, con ojos llenos de agradecimiento. Félix se sintió ligeramente culpable por ello: aunque solía dar limosna a la gente necesitada, en este caso había sido excepcionalmente generoso -dos euros, nada menos- con el objeto de impresionar a Patricia, una joven actriz de TV que le compañaba. La chica había presenciado con sonrisa aprobadora el gesto de Félix, pero ahora miraba el reloj sin disimulo, como insinuando que la anécdota ya estaba perdiendo la gracia.

-¡Vale, vale! -exclamó Félix, apurado- Lo tengo.

-¿De verdad? Mira que esto solo pasa una vez en la vida.

-Descuide, lo he cavilado a fondo- dijo Félix, con irónica seriedad- Estoy seguro.

La gitana murmuró unas palabras por lo bajo, le besó en la frente y se fue. Tras un instante de muda estupefacción, Félix y Patricia se echaron a reír y reemprendieron su camino. Era una noche agradable; la lluvia de la tarde había dejado las calles húmedas y cálidas, como si hubiera querido limpiarse de turistas y paseantes y acicalarse para los auténticos noctámbulos.

-¿Qué has pedido?

-No puedo decírtelo.

-Venga…

-Que no. ¿Y si me lo gafas?

-Serás bobo…- Patricia le golpeó las costillas de modo juguetón- ¡Como me dejes así…!

-Ha-ha… ¡Ay! ¡Para, bruta!

Félix la agarró por las muñecas. Al forcejear sintió el contacto de sus pechos, pequeños y firmes, contra sí. Durante un instante, se pensó si besarla, pero rápidamente lo descartó: después de todo, habían quedado para hablar de trabajo -Patricia había aceptado protagonizar su pequeña película, por un caché muy inferior al que ella solía recibir- y entrarle durante una cita laboral podría parecer cutre, e incluso despectivo. Además, estaba descubriendo que la chica le gustaba de verdad.

-Vale, vale… te lo digo. -dijo Félix, rompiendo el contacto- Pero es un secreto.

-Que sí, pesado.

Félix cogió aire, saboreando el momento:

-¿Preparada?

-¡Acaba ya, plasta!

-Okey, ahí va: pedí que Gustav pudiera hablar.

Patricia se echó a reír. Gustav -o Gustavito, como era llamado en la intimidad- era el gato de Félix: un orondo ejemplar atigrado de seis años que había adoptado en una protectora por mediación de Belén, una ex-novia veterinaria que colaboraba allí. A decir verdad, había sido su ex quien había llevado el gato a casa, pero Félix se había encariñado tanto con el animal -y Gustav con él- que, cuando llegó la ruptura, fue Félix quien se quedó con la custodia.

Se tomaron unas cervezas más, primero hablando de la película, luego de sus carreras, y ya estaban aventurándose en confidencias personales cuando Patricia recordó que tenía clase de yoga a la mañana siguiente. La chica se despidió con un beso -profesional y en la mejilla, pero cálido- y se subió a un taxi. Félix estuvo a punto de seguir su ejemplo pero, como si tuvieran vida propia, sus pies le llevaron directo al “Súper 8”, el bar donde solía reunirse con sus compañeros de trabajo. Allí se quedaron debatiendo sobre lo divino, lo humano, y en qué punto exacto había comenzado la decadencia artística de Woody Allen cuando el local cerró y Félix, trazando unas “eses” tan amplias y preciosistas que podrían haber sido obra de un maestro de la caligrafía gótica, se fue a casa.

El teléfono sonó en la estancia diáfana que servía de dormitorio y salón, poco antes de las doce de la mañana. Félix se vio atacado por tres frentes a la vez: el irritante zumbido del aparato, un dolor de cabeza que parecía empalar su cerebro, y una insoportable presión en la vejiga. Tardó un par de segundos en decidir a qué agresión responder antes, y decidió que la mayor urgencia era la urinaria. Cogió al gato, que dormía en su regazo, y lo apartó para levantarse.

-Grmmm… cinco minutos más, hombre…

-Ni cinco ni leches. -dijo Félix, desde las tinieblas de su resaca- Que me meo…

Félix corrió al baño, somnoliento. Se bajó el calzoncillo y apenas había empezado a orinar cuando un recuerdo le empapó en sudor frío. No… no era posible que… Félix corrió de vuelta al cuarto, tan enfebrecido que ni siquiera fue consciente de que no había acabado sus quehaceres corporales.

-¿¿Gustav??

Y allí, dormitando en un rincón de la cama como si tal cosa, estaba el gato. Félix se rió avergonzado, menuda ida de olla… al bajar la cabeza, vio que había dejado el suelo de la habitación completamente regado.

-Oh, mierda… qué desastre…

-Ya te digo. Con las broncas que me caen a mí cuando meo fuera de la arena…

Félix levantó la mirada, pálido: el gato le observaba con los ojos muy abiertos.

-Gustav, ¿has…? ¿has… hablado?

-¡Hostiaputa!- dijo el gato, llevándose las patas a la boca.

II. 

En efecto, el gato había hablado. Y eso fue lo que hicieron durante el resto de la mañana y parte de la tarde en el salón-dormitorio de Félix: hablar sin parar. Resultó que Gustavito era más inteligente de lo que Félix hubiera creído posible: era como si sólo le faltara una pequeña pieza en el engranaje para comprender la realidad humana que le rodeaba, la misma pieza que le había regalado la vieja gitana.

-¿Entonces, cuando hablabas por ese “teléfono”, era para comunicarte con otros humanos?

-Claro. ¿Qué pensabas que hacía?

-Yo qué sé. Que le rezabas a un dios, o algo así.

Gustav se echó a reír. Tenía una risa sonora y muy aguda, que contrastaba con su voz al hablar,  grave y profunda. A Félix le hacía tanta gracia que se echó a reír a su vez. Y así, contagiándose el uno al otro, se pasaron una hora de carcajadas hasta que las barrigas les dolían.

-Oye, Gustavito, tendría que pasar por la productora… bueno, el sitio donde trabajo…

-Tranqui, creo que me está entrando el sueño- dijo el gato, bostezando- Esto de hablar es muy cansado…

-¿No te aburrirás? Te dejo la tele si eso…

-¿La caja esa gorda? Bah. Nunca supe qué diablos le ves…

Félix cogió el mando y encendió la televisión. Gustavito la miró con cierta desidia. Félix estaba ya a punto de apagarla cuando el gato agitó frenéticamente su pata derecha.

-Hey, espera… ¡ahora les entiendo! ¡Déjala, déjala!

-Toda tuya- dijo Félix entregándole el mando.

En la productora, Félix encontraba difícil concentrarse. No podía parar de preguntarse si estaba viviendo un sueño, esperando el inevitable momento de despertarse desilusionado en su cama. Estuvo tentado de llamar a casa, para comprobar si contestaba Gustav, pero no se atrevió a hacerlo: ¿y si contestaba?; o lo que era peor… ¿y si no lo hacía? Por suerte, la jornada en la oficina resultó más bien relajada. El guión llevaba semanas acabado, y la financiación estaba casi cerrada por completo. Tras una reunión sobre casting y un par de llamadas telefónicas, llegó la hora de marcharse. Sus colegas se preparaban para bajar al “Súper 8”, mientras intentaban decidir qué película de Wilder estaba más sobrevalorada, si “Con faldas y a lo loco” o “El apartamento”. Cualquier otro día Félix se hubiera apuntado de buena gana al plan, pero esta vez tenía más cosas en la cabeza. Se disculpó y, para sorpresa de todos los compañeros, se fue corriendo a casa.

Ya allí, sentado en el sofá viendo una película de terror al lado de Gustav, Félix se sorprendió al ver lo natural que resultaba su nueva relación: era como si, en el fondo, nada hubiera cambiado. Sólo un nubarrón enturbió la perfecta velada cuando, al terminar la película, pusieron una promo de “El encantador de perros”. El pelo de Gustav se encrespó de repente.

-¿Pero cómo ponen esas alimañas en la tele?

-Coño, Gustavito, hay que ser más tolerante.

-¿Tolerante? Esos guarros se comen su mierda. -el gato torció su hocico en una mueca de odio- Habría que matarlos a todos…

Félix intentó calmarle con una caricia, pero el gato ni siquiera pareció notarla.

-Matarlos a todos…- seguía murmurando por lo bajo.

Félix se apresuró a hacer zapping, para romper la tensión. Mientras pasaba de canal en canal, Gustav pegó un salto.

-Hey, deja ese programa!

-¿“El Club de la Comedia”? ¿En serio, Gustavito?

-Que sí, que sí. ¡Esos tipos son muy graciosos! Porfa-porfa-porfa…

Félix se encogió de hombros. “En fin, gajes de la convivencia”, pensó sonriendo. Cogió su portátil y atendió su twitter mientras Gustav se revolcaba en el sofá por la risa. Cuando el programa terminó el gato, exhausto por las risas y las emociones del día, se arrimó adormilado al muslo de Félix. Éste, conmovido, empezó a rascarle tras las orejas.

-Hey, ¿puedes hacerlo un poco más sueve? Es que siempre rascas demasiado fuerte…

-Usted perdone- rió Félix- ¿Así está bien?

-Ohhh…. sssí…. rrrrrrrr…

Y así, acurrucados el uno contra el otro, hombre y gato se quedaron dormidos en el sofá.

III

Los días pasaban plácidamente. Félix trabajaba en su película, cuya pre-producción avanzaba viento en popa, mientras Gustav disfrutaba con pasión de los placeres domésticos. Lo único que enturbiaba su  plácida convivencia eran los gustos televisivos de Gustav (además de “El Club de la Comedia”, había descubierto las reposiciones multi-canal de “Aquí no hay quien viva”), del todo incomprensibles para Félix. Intentando alcanzar un entente en este campo, una mañana Félix le dejó una recopilación de los cortos y películas que había escrito para que el gato las viera mientras él se iba a trabajar.

-¿Y bien?- le preguntó Félix ansioso, en cuanto volvió a casa.

-¿Mmmm?

-¿Que qué te han parecido?

-Ah. Pues… están bien.

-No me salgas ahora con formalismos, Gustavito. ¿Te han gustado, sí o no?

-Hombre, no sé, yo no entiendo de estas cosas pero… ¿si son comedias, no deberían dar risa?

Félix se esforzó por tragarse su orgullo y olvidar la afrenta, pero por desgracia no fue lo único que enrareció el ambiente en casa. Félix siempre había encontrado el acto de acariciar a su gato agradable y relajante, pero desde que éste había desarrollado habla y personalidad, le resultaba un punto inquietante. Era como hacerle un masaje a tu propio abuelo… y ver que éste lo goza como una perra.

-Rrrrr…. oh, sí… qué bueno eres, jodido… más abajo, más… rrrrrr…

Eso también interfería en sus relaciones femeninas, claro. El piso era más que cómodo para una persona y su mascota, pero ahora que eran a todas luces dos compañeros de piso se hacía intolerablemente pequeño cuando se traía un ligue. Como consecuencia, Félix se descubrió varias veces despertando resacoso en casas ajenas, algo que evitaba hacer desde los tiempos universitarios. Pero aunque recayera una y otra vez en el sexo esporádico, Patricia era la única chica en la que pensaba. Y, aunque ambos se comportaban con exquisita profesionalidad, reunión tras reunión, la tensión se hacía cada vez más insoportable. Así que una noche, tras una lectura de guión que se alargó más de lo previsto, Félix se escuchó invitándola a una última copa en su casa. Y, antes de que pudiera entrar en razón y retirar la invitación, ella asintió “pero sólo una, que mañana madrugo”. En cuanto subieron a casa, Félix corrió a coger a Gustav del sofá y lo llevó a toda prisa al baño.

-Esto es humillante. -protestó el gato entre dientes- Estaba viendo eso, cojones…

-Es solo por esta vez, Gustav. -susurró Félix- Te recompensaré, lo prometo…

Félix cerró la puerta del baño y se sentó con naturalidad al lado de Patricia.

-Perdona, pero… ¿estabas hablando con el gato?

-Eh… bueno, sí. A veces lo hago.

-Cierto, ahora recuerdo- Patricia rió- Ese era tu gran deseo, ¿no?

-Si te digo la verdad… a veces querría haber pedido otra cosa.

-¿Ah, sí? -dijo ella, recogiéndose un mechón tras la oreja- ¿qué pedirías?

Se miraron durante un instante eterno. Y, consciente de que el Universo no concebía para él otra alternativa, Félix la besó. Ella respondió al beso, pero al instante se separó.

-Creo que es mejor que me…

-Sí, claro, o sea… lo siento…

-No, no… Hablamos mañana, ¿vale?

Patricia recogió abrigo y bolso rápidamente y salió del piso, sin mirar atrás. Gustavito abrió la puerta del baño de un certero salto, entró en la habitación elegantemente y se sentó al lado de un fastidiado Félix. Tras unos instantes, el gato rompió el silencio.

-¿Por qué no te la has tirado?

-¿Cómo?

-Vamos, estás colgadísimo por la boba esa. ¿Por qué no le has dado lo suyo?

-Creo que ese no es asunto tuyo- dijo el chico, torciendo el gesto- Además, es normal que esté confusa, vamos a trabajar juntos y…

-¡Bah! Mariconadas -dijo el gato, riendo- Soy yo, la muerdo en el cuello y no sale de aquí, la zorra.

Más tarde, mientras observaba a Gustav carcajearse escandalosamente en el sofá viendo la enésima repetición de “La que se avecina”, Félix se dio cuenta de dos cosas: la primera, que su gato era un auténtico capullo; y la segunda, que tenía que deshacerse de él. La cuestión era… ¿cómo?

CONTINUARÁ…

NOTA: ¿continuará? ¿en serio? pues sí. verán, empecé el blog con la intención de publicar descartes o paranoias relacionadas con el stand-up, pero viendo que lo que más está gustando son los relatos y son ustedes los invitados aquí, es a lo que estoy dedicando mis esfuerzos ahora. pero diablos, este me salió muy largo, y ante la opción de tener el blog parado más de lo deseable, he decidido colgarlo en dos partes.

los olvidados

-Ha si-si-si-sss-sido culpa m-m-mía, ¿verdad?

El profesor Bertram Blake no contestó. A decir verdad, ni siquiera había oído la pregunta. Su vista seguía fija en la cosa que tenía ante él, aullando y retorciéndose en el suelo. Y no piensen que al definirlo como “cosa” uno pueda pecar de insensible, pues aquello no se parecía a ningún ser vivo conocido: era, básicamente, un montón de vísceras de las que surgían tentáculos, garras y colmillos de modo aparentemente anárquico. Resultaba difícil creer que, apenas un minuto antes, era un niño de doce años.

 -¡AAAAAARHG! ¡MI CARAAAAGHH!

 Blake se preguntaba cómo era capaz de emitir una voz casi inteligible, si no había nada en su rostro que se pareciera remotamente a una boca humana. ¿Quizá esa hendidura en lo que antes era la frente, de donde salían esos pequeños gusanos rosados? Observarlo era fascinante y repulsivo a la vez, como ver copular a dos moscas ancianas. Ni siquiera oía los gritos de terror del resto de la clase, once chiquillos arrinconados contra la pared. A su lado, el pequeño Klaus seguía lloriqueando. El niño le tiró de la manga al profesor, sacándole repentinamente de su trance. 

-Yo no q-q-q-quería, lo ju… lo jjjju….

-Shhh… Lo sé, chico.

Blake se sorprendió al oír lo calmada que sonaba su propia voz. Por el contrario, en su interior tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para no estrangular al chaval allí mismo. ¿Cómo se había podido joder todo así? Si era un hechizo de lo más simple, de los que un niño de primer curso podría haber hecho dormido. “Tinctorium orchideus”, agitas la varita y tu tintero se transforma en un ramo de flores. Pero claro, el tontaina se había trabado, había añadido media docena de sílabas y… bueno, ahí estaba el resultado. Había transformado a su compañero de pupitre en un engendro que le quitaría las ganas de almorzar al mismísimo Chtulluh.

-¿Ma-ma-marcus s-s-se p-p-p-pondrá bien?

-Claro que sí, Klaus. -sonrió Blake- Claro que sí.

Pero en realidad no estaba tan seguro. O sea, era de suponer que sí, que llegaría el día en que el chico recuperaría su cuerpo, aunque no iba a ser sencillo. Cierto es que todo hechizo tiene su contrahechizo, pero lo que había hecho Klaus era algo nuevo, una fórmula de Magia nunca realizada. Tendrían que desentrañar primero qué diablos había hecho, cómo lo había hecho, y a partir de ahí desarrollar un hechizo para revertirlo. Un proceso que podría llevar años a los mejores creadores de hechizos del mundo, y con todos los magos ocupándose de la guerra que estaba por venir… vamos, que más le valía al pobre bastardo acostumbrarse a su nueva jeta.

-¡¡¡¡AYUDAAAHHHGGGG!!! ME DUELEEEEEGHHH….

El aullido agonizante hizo reaccionar al fin a Blake, que comprendió que debía tomar el mando.El profesor tomó aire, se mesó las barbas y carraspeó.

-¡Atención, clase! -su voz retumbó en la abovedada aula como un trueno- Llevad a Marcus a la enfermería inmediatamente. Y necesito que alguien vaya a ver al director y le cuente qué ha pasado.

-Jjjjí, jjjeñó Bbbbb….

-No, será mejor que no seas tú, Eloísa. -dijo Blake, con un suspiro. Pasó la vista por la clase y ante la falta de mejor candidato, dijo:- En fin, Klaus, hazlo tú. ¡Corred todos, vamos!

Los chicos cogieron aquello que había sido su compañero y salieron corriendo por el pasillo. El profesor Blake se sentó en su silla y masajeó las venas de su frente, que parecían a punto de reventar. Tras asegurarse de que no se acercaba nadie, cogió su copa de agua y susurró “Finite Incantatum”, convirtiendo así el líquido incoloro en ron. Tras un trago reparador, volvió a cuestionarse si la idea de montar un aula de educación especial en Hogwarts para chicos con defectos en el habla había sido una buena idea. No eran malos chavales, algunos tenían un poder notable, y Blake los apreciaba sinceramente, pero… en fin, quizá era mejor que disléxicos, tartamudos y gangosos se mantuvieran por siempre alejados de una varita. Era el quinto alumno transmutado de la semana. Y apenas estaban a miércoles.

-No,- se dijo el maestro, apurando su copa- definitivamente esta clase nunca pasará a la Historia…

 

 

NOTA: Esta cosa es la primera hasta ahora que hago con la única intención de ser publicada aquí. Bueno, no era la intención original que tenía para el blog, pero qué diablos, es mi Mansión y la redecoro cuando quiero. Tampoco va a ser el único cambio, espero que muy pronto pueda publicar aquí también cosas escritas por otras personas (con dos únicos requisitos: que sea gente que mole, y además amigos míos). Ah, y sí, soy muy fan de J.K. Rowling. ¡Mira tú a qué edad me da por hacer fan-fiction!