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la esperanza es un plato que se sirve frío (3)

nube

 

Continúa de cap. 1 y cap. 2

 

Capítulo 3: “Qué bello es vivir”

 

I

 

El reloj de mi teléfono marca las 7:59. Apago la alarma justo antes de que suene, no va a ser necesario. Otra noche en vela, y van… Aún así, la sola idea de salir de esta cama se me antoja titánica. Observo impotente cómo pasan los minutos: 8:05. 8:12. 8.19. Ya no tendré tiempo para desayunar. De todos modos, aunque me hubiera levantado a tiempo, el montón de platos sucios que ocupa perpetuamente nuestra cocina me habría quitado las ganas de preparar nada. La palma se la lleva un vaso con una enorme grieta en forma de “d” que, si la memoria no me falla, no ha sido lavado nunca desde que vinimos al piso. Eva lo usó para tomar un zumo -que no le gustó- y ahí lo dejamos criando moho, primero por desidia y después por curiosidad científica. Estos días, la materia verde ha adquirido un inquietante tono negruzco y está a punto de alcanzar el borde del vaso. Me gusta pensar que es una metáfora de nuestra relación. Finalmente, a las 8:26 reúno fuerzas para ponerme en pie. Pero antes de dejar el cuarto, hay una desagradable tarea de la que debo ocuparme…

 

-Eva… -no reacciona. La empujo un poco- ¡Eva!

-¿…mmqué?

-Acuérdate de que tienes que ir a firmar lo del paro hoy…

-Ya lo sé…

-Pero hazlo, ¿eh? Mira que si no, te quitan el subsidio…

-Que ya lo sé, joder… No soy subnormal.

-Lo puedes hacer por Internet si…

-¡Te quieres abrir ya!

-Vale, vale…

 

Entro en el baño y me desnudo para darme un agua rápida. Antes de meterme en la ducha, cometo el error de mirarme en el espejo. Oh, Dios. ¿En serio soy yo ese hombre viejo y fofo? Ya he pasado esa fase de parecer mi propio padre, ahora soy más bien como un primo retrasado de mi abuelo. ¿Cómo he llegado a esto? Será cosa de la resaca, imagino: esa única e ininterrumpida resaca que llevo viviendo desde hace veinte años. Les he hablado del aspecto hinchado y desaliñado de Eva, pero hay que reconocer soy un consorte más que digno. Parece increíble pensar que hubo un tiempo en el que había gente que quería follar con nosotros. Oh, y nosotros nos aprovechamos de ello, por supuesto. Luego venían las broncas, separaciones, apasionadas reconciliaciones… y vuelta a empezar desde la casilla de salida. Ahora… bueno, ahora nadie quiere follar con nosotros. Ni siquiera nosotros queremos follar con nosotros. Ocurre cada tres meses o así, en esos extraños momentos en que la intoxicación y la lujuria vencen a la aprensión. Imagino que desde fuera debe resultar un espectáculo grotesco e hipnótico a la vez, como ver dos hipopótamos locos intentando agredirse con sus genitales. Tras acabar, ni siquiera podemos mirarnos en todo el día, de pura vergüenza. Ups, las 8:51, se me ha vuelto a ir la olla. El hombre del espejo me devuelve la mirada con gesto burlón. ¿Saben? La gente se cree que tocas fondo cuando te miras al espejo y sientes asco. No es verdad. Tocas fondo el día que te miras al espejo, ves que das asco y te da igual. Entro en la ducha y abro el agua, aunque sé que no servirá de nada.

 

Salgo de mi hogar, dulce hogar. Me fumo un pitillo mientras voy de camino al trabajo, caminando a buen ritmo. Estoy a punto de alcanzar mi destino cuando miro el reloj: las 9:19. Mierda, es demasiado pronto. Doy un par de vueltas a la manzana hasta que dan las 9:25. Ahora sí, es el momento. Asomo la cabeza desde la esquina y espero. Simulo consultar algo en el teléfono unos instantes… y entonces, por fin, la veo.

 

Echo a andar hacia Ella intentando aparentar normalidad, coordinando mi velocidad con la suya para que crucemos la puerta en el mismo momento. Ambos estamos llegando ya a la entrada. Oh, Dios, la tengo a menos de un metro de distancia. Voy a abrir la puerta para dejarle paso cuando, ¡mierda! alguien se me adelanta. Consigo recuperar mi posición con un empujón casual y camino apenas un paso tras ella. Radiografío mentalmente todos los detalles de este breve encuentro: su perfume (es el de siempre), su pelo (hoy lo lleva recogido), su ropa (traje-chaqueta morado, pero no muy formal… ¿quizá vintage? Ni idea, pero le sienta de muerte), su expresión (seria, quizá más de lo normal… ¿estará preocupada? ¿Por qué? ¿Problemas en el trabajo? ¿Sentimentales?), el ruido de sus zapatos contra el suelo… Es importante absorberlo todo, porque este recuerdo, que repasaré mentalmente cientos de veces, será lo único que me hará aguantar toda la jornada en este trabajo de mierda sin estallar.

 

Atravesamos el hall y nuestros caminos se separan definitivamente: ella sube a la planta superior, mientras yo me dirijo a los vestuarios, donde me espera mi chalequito verde. Ah, no se lo había dicho, ¿verdad? Soy reponedor en una gran superficie dedicada al mundo del entretenimiento. Efectivamente, en…

 

INTERFERENCIA 01

 

Más allá de la atmósfera, allí donde ni siquiera Félix Baumgartner se atreve a aventurarse, hay un lugar rebosante de paz, armonía y lucecitas bonitas. Richard Dawkins lo llamaría ridícula fantasía fruto de la superstición y la ignorancia. Nosotros, para abreviar, vamos a llamarlo Cielo.

 

-Y bien, Salandriel. ¿Te crees preparado para ganarte tus alas?

-Sí, Padre.

-Sabes que antes debes cumplir una dura prueba.

-La que sea.

-Celebro tu entusiasmo. Pero sé cauto, la confianza en uno mismo, cuando es excesiva, puede transformarse en orgullo.

-Tiene razón, Padre. Descuide.

-¿Y cuál será tu labor entre los hombres, Salandriel? ¿Alimentar a los hambrientos? ¿Consolar a los moribundos? ¿Salvar a los descarriados?

-Ninguna de esas, Padre.

-¿Entonces?

-Quiero hacer brotar el Amor allí donde nadie lo creería posible.

 

FIN DE LA INTERFERENCIA

 

II

 

Entro en casa, con el peso de ocho horas y media de aburrimiento y humillaciones sobre los hombros, y no puedo creer lo que veo. Sobre la mesa de la cocina, hay una bandeja llena de croquetas de jamón marca “Día”, una pizza 4 quesos Casa Tarradellas y dos litronas de cerveza.

 

-¿Y esto?

-Sorpresa. He hecho la cena.

-Oh. Joder, gracias.

-Bueno…- dice sirviéndome un vaso- y también tenía que contarte una cosa…

-¿Qué ha pasado?

-Nada, que estaba saliendo de casa y me llamó Susi y… ya sabes cómo se enrolla, total… que se me fue la olla y… no llegué a lo del paro.

-Ay, Dios…

-Me cago en la puta, si es que soy lo peor. ¿Estás enfadado?

 

¿Enfadado? Bueno, supongo que debería estarlo. Menos dinero supone que no podremos pagar el alquiler, a no ser que dejemos de comer, y, lo que es peor, salir… por no hablar de las facturas. Pero no, no estoy enfadado. Hace tiempo que esta parodia de vida ha dejado de afectarme. Es como ver desde el sofá un serial de muy bajo presupuesto. Solo vivo cuando la veo a Ella… ¿de verdad estaba preocupada? ¿O son solo imaginaciones mías? ¿Cómo podría…?

 

-¡Que si estás enfadado!

-Pues… -me encojo de hombros- Ya nos apañaremos, ¿no?

-¡Yeah! –grita, aliviada- ¿Te parece si cenamos rápido y bajamos a tomar una?

 

Qué diablos, tampoco es que tenga ningún plan mejor, ¿no? Me bebo el vaso de cerveza de un solo trago. Un sabor agradable, aunque un poco amargo, recorre mi garganta. Al dejar el vaso en la mesa, veo una extraña grieta que lo recorre.

Tiene forma de “d”.

 

Continúa en el capítulo 4: “Primer contacto”.

la esperanza es un plato que se sirve frío (2)

Continúa del cap. 1

boca

 

Capítulo 2: “La peor novia del mundo”.

 

I.

 

Supongo que no soy lo que se puede decir una persona de aromas. Sé que el campo huele a campo, la ciudad huele a ciudad y los pedos huelen a risa. Y esos son, básicamente, todos los olores que mi cerebro es capaz de distinguir. Para que se hagan una idea, la última vez que me puse colonia fue el día de mi primera comunión. Mis inquietudes en este área no van más allá de utilizar gel y desodorante Axe durante y tras mi ducha diaria. En cuanto a mi fidelidad a esta marca, no piensen que se debe a un gusto desmesurado por su olor, ni mucho menos: simplemente era la marca que me regalaban en Navidades desde la adolescencia. Muchos años después sacaron esas campañas publicitarias en las que las mujeres se transformaban en perras en celo en cuanto aspiraban sus efluvios, dejando bien a las claras cuál era el nicho de mercado que perseguía Axe: el de los gilipollas. Recuerdo haberme planteado seriamente abandonarles por su desvergüenza, pero el mal ya estaba hecho. Ahora incluso me divierte la mirada de “¿en serio?” que me echa la cajera del supermercado cada vez que compro un pack. A veces hasta me despido de ella guiñándole un ojo seductoramente, sólo por ver su expresión de contenido desprecio. Hey, es una de las ventajas de no tener orgullo.

 

No, no soy en absoluto una persona de aromas. O, mejor dicho, no lo era. Hasta que llegó ella.

 

Recibo apenas una ráfaga, cuando nos cruzamos en la puerta del trabajo, camino de nuestros mundos respectivos. Y no se debe a que utilice una colonia especialmente penetrante. Es perfume mezclado con piel mezclado con alma. Huele a bailar de noche junto al mar. Huele a cerveza fría después del sexo. Huele a despertar en una almohada fresca mientras el sol entra por la ventana. Huele a ronroneo de gato. Huele… a esperanza.

 

Sea lo que sea, es un olor que no podría ser más diferente al que invade mis fosas nasales en este momento. Estoy en la cama bajo Eva que, entre ronquidos, vuelca su aliento post-cogorza a milímetros de mi nariz. El olor es tan penetrante que atraviesa todas las barreras que podrían obstaculizar su paso como la coca – con tropezones, ¿recuerdan?- que consumí hace apenas tres horas, los mocos ensagrentados o la característica peste a miseria de nuestro piso. Ah, y si estamos así de juntitos no es por romanticismo, sino porque el otro lado de la almohada está cubierto de vómito. Pero no es la farlopa, ni los ronquidos, ni el olor lo que me mantienen despierto mientras amanece. Lo cierto es que últimamente no duermo mucho.

 

Supongo que tienen curiosidad por saber cómo acabé teniendo la peor novia del mundo, ¿verdad? No es que no fuera algo premeditado, claro. No es el tipo de meta que alguien se pone en la vida. Empezamos a salir hace como veinte –Jesús, ¡veinte!- años. Y, aunque sea difícil de creer, entonces no éramos los grotescos despojos que tienen ahora ante ustedes. De hecho, antes de inflarse por el alcohol y la medicación, Eva estaba razonablemente buena. Y debo añadir que yo, sin ser guapo, tenía lo que algunas amigas definieron como “un punto raro morboso”. Yo tocaba en un grupo “grunge”, ella cantaba en otro -además de ser camarera en uno de los bares rockeros de moda- y los dos estudiábamos en la universidad. Algunos amigos nos llamaban Kurt y Courtney –y nosotros nos hacíamos los indignados pero, por supuesto, nos encantaba. Irónicamente, con los años ha resultado una comparación más que acertada… ahora que Courtney es una yonki acabada y Kurt… en fin, supongo que ya saben lo de Kurt.

 

Pero noto cierta incredulidad en sus mirada. Están pensando: “¿La peor novia del mundo? ¡Vaya un exagerado! La chica es un poco excesiva, nada más”. Bien, revolveré el baúl de los recuerdos dolorosos para ustedes. Para que no haya la más mínima duda de la veracidad de lo que les cuento intentaré ser lo más imparcial y aséptico que pueda. Escojamos una anécdota al azar, por ejemplo… vale, ya la tengo.

 

 

II.

 

CASA DE PADRES ÁLVARO. INT. NOCHE

 

Un piso pequeño, decorado con motivos navideños. Sobre la mesa, bandejas de turrón, platitos con uvas y copas de champán). Están sentados ÁLVARO (ese soy yo), EVA, MADRE DE ÁLVARO y PADRE DE ÁLVARO. La TV, encendida, retransmite en directo desde la madrileña Plaza de Sol.

 

PADRE          : (levantando su copa) ¡Feliz Año nuevo!

 

MADRE         : Espera a las doce, Fermín.

 

Todos ríen de buen humor. Tras unos instantes se hace el silencio, solo roto por Eva, que se tapa la boca, presa de un ataque de risa. Todos la miran, divertidos.

 

EVA               : Perdón…

 

MADRE         : ¿Qué pasa, niña? (señala a su marido) Las tonterías de este, ¿no?

 

EVA               : No, no, es otra cosa… (vuelve a reírse)

 

ÁLVARO      : (por lo bajo) Eva, por favor…

 

MADRE         : Ay, deja a la chica que se ría si quiere.

 

PADRE          : Pero que nos diga qué es, ¿no?

 

EVA               : (señalando a Álvaro, entre risas) Se comió una polla una vez…

 

MADRE         : (pálida) ¿Q-qué?

 

ÁLVARO      :¿Pero es que estás loca, JODER?

 

EVA               : (gritando, histérica) ¿AH, NO? ¿Y LUEGO EN AQUELLA RAVE QUE NOS ENROLLAMOS CON AQUELLA DRAG, QUE ESTÁBAMOS DE PIRULAS, QUE LUEGO TE FUISTE A PILLAR MEDIO GRAMO Y PASASTE DE MI CULO?

 

Se hace el silencio. Todos miran abajo, avergonzados. La madre llora. En la TV, empiezan a sonar las doce campanadas.

 

TV                   : ¡Feliz 2005 a todos!

 

EVA               : Eh… esos eran los cuartos, ¿no?

 

Supongo que basta para que se hagan una idea, ¿no? En fin, me gustaría que la anécdota fuera más definitiva, poder señalar un punto exacto en el tiempo, una decisión errónea donde decir “y así fue como todo se jodió”; pero realmente las cosas nunca funcionan así. Uno no se encuentra con una vida de mierda de un día para otro. Es un proceso de degradación lenta e imparable. Su grupo no llegó a nada, el mío tampoco, dejamos de estudiar… Pasas de un trabajo de mierda a otro un poco peor, cinco días puteado, ponerte el sexto y descansar el séptimo. Tus amigos que triunfan desaparecen, y son sustituidos por otros de tu mismo status. Y sin que te des cuenta pasa una semana tras otra tras otra tras… hasta que un día tienes un momento de claridad, examinas tu vida y ves que no hay ninguna posibilidad realista de mejora. Que no hay ningún escenario posible en el que salgas de la mierda.  La parte buena es que, cuando llegas a este punto, ya ni siquiera te importa. No hay rabia, ni furia, ni desesperación. Solo una suave y continua tristeza, pero hasta eso se va desvaneciendo poco a poco. Cuando has perdido la esperanza, dejas de sentir nada.

 

Y así estoy yo: sin esperanza. O, mejor dicho, así es como estaba.

 

Hasta que apareció Ella.

 

Continúa en el capítulo 3: “Qué bello es vivir”.

 

NOTA: bueno, ha tardado más de lo que debería, pero aquí está el capítulo 2. espero ir publicando las entregas siguientes cada 10 días, más o menos. tampoco estoy seguro de cuántos capítulos quedan, pero el plan es acabar antes del verano. veremos.

la esperanza es un plato que se sirve frío (1)

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Capítulo 1: “Lunch-time”

I

No, no es guapa. O sea, cualquier chica puede ser guapa. Sales a la calle, y dices: “mira esa chica, qué guapa”; o “no, esa otra es más guapa”. Tienes una novia guapa, amigas guapas, una prima del pueblo guapa… Hasta tu madre puede ser guapa –ya, ya sé que la tuya en concreto no, pero entiendes a dónde quiero llegar, ¿verdad?- En Madrid la gente se llama guapa o guapo de forma rutinaria,“Hola, guapa”. Ni siquiera tienen que caerse bien, allí es como decir “hola… persona”. Ya puedes tener una jeta como la almorrana de un leproso, que al final del día te habrán llamado guapo quince veces. Así que, respondiendo a tu pregunta: no, no diría que ella es guapa. Es hermosa. Tan hermosa que ni siquiera la deseo. Es decir, claro que sí querría, pero… no, lo que siento por ella va más allá del deseo. Es… adoración. Sí, eso es: la adoro. La idea de tocarla me parece un sacrilegio, porque no somos de la misma especie. Es como esas series de dibujos antiguos donde tenías aquellos hombres bajitos y contrahechos y las mujeres diosas de dos metros a las que ni siquiera podían ver la cabeza, ¿te acuerdas? La adoro más allá de la esperanza. Ni siquiera me planteo tener una conversación con ella, ¿para qué? Me conformo con verla cada día. Saber que existimos en el mismo mundo, que hay una vida más allá de esta parodia de mierda. Una vida mejor.

-¿Y qué tiene de malo la vida que llevamos?

Increíblemente, Rober me pregunta de forma sincera. Estamos sentados en el diminuto baño de un antro, sólo separados del húmedo suelo por nuestros vaqueros raídos, mientras nos hacemos unas rayas. Son las tres de la mañana. Martes. Pero hey, solo se tienen 38 años una vez.

-Supongo que nada…- contesto con desgana.

-Es que no sé por qué te estás quejando siempre. Tienes tu curro fijo, el grupo, tu pisito… bueno, y tu novia. Ya le molaría a un montón de gente estar en tu lugar.

¿Lo ven? Esto es algo que me cabrea sobremanera: el estúpido argumento de “hay gente que está peor” cada vez que protestas por algo. No te jode, por supuesto que siempre va a haber un pringado que está peor que tú, pero eso no hace que te sientas mejor… a no ser que seas un sádico. Sádico, e imbécil. He llegado a la conclusión de que los homeless, yonkis y prostitutas callejeras son en realidad funcionarios pagados por el gobierno para que los desgraciados de a pie aceptemos nuestra tortura diaria y, encima, agradecidos. Los imagino llegando a casa, quitándose las ropas sucias y el maquillaje para ponerse un batín de seda y servirse un whiskey. Estoy a punto de replicarle a Rober la subnormalidad que acaba de soltar cuando la puerta se abre a mis espaldas, lanzándome despedido contra la pared. Por suerte, Rober reacciona rápido y, exhibiendo reflejos que nadie sospecharía al ver su eternamente adormilado gesto, rescata la tarjeta sin que se derrame una micra.

-¡Perdón, chavales, perdón!

El intruso es un borrachuzo gordo que entra pisoteándonos mientras se baja la cremallera. Antes de que podamos protestar, se saca la polla y comienza a mear. Un chorro marrón cae a borbotones, como una catarata de miseria. Gotitas de pis rebotan contra la taza y caen sobre la tarjeta donde está nuestro tentempié nocturno. Sin esperar siquiera a la sacudida de rigor, el intruso se guarda el arma del crimen y desaparece. Rober y yo nos miramos, desolados. Tras unos segundos, mi camarada se encoge de hombros.

Hacemos lo que tenemos que hacer.

II

Subimos las escaleras, con el sabor de la coca –y de aquello en lo que no quiero pensar- en el fondo de la garganta. El panorama en la planta superior no es mucho más bonito: apenas hay una docena de habituales, en distinto grado de intoxicación. Ni siquiera hablan o hacen el mínimo esfuerzo de divertirse. Me darían asco si no fuera porque son mi gente. Todos atrapados en una eterna huída hacia delante, como lemmings asmáticos arrastrándose lentamente hacia el abismo. Una mujer rechoncha, con una enmarañada melena verde, despega la cabeza de la barra y me mira con ojos inyectados en locura.

-Has estado metiéndote, ¿verdad? ¡Has estado metiéndote, hijo de puta!

La perturbada se acerca a mí amenazadoramente, blandiendo una botella de cerveza. Busco a Rober, pero se ha escaqueado con una habilidad que sería la envidia de un Ninja. Antes de que pueda aplacarla, la mujer tropieza y se desmorona en el suelo, como un saco de melones podridos. Todo el mundo se ríe de ella: una gota de alegría en el Infierno. La observo unos segundos: no parece respirar. ¿Estará muerta? Me agacho a su lado y la oigo murmurar insultos, al borde de la inconsciencia. No ha habido suerte. Me armo de valor e intento levantarla del suelo. Desde lo más hondo de sus entrañas, una arcada se abre paso a la superficie. Vómito anaranjado se derrama por sus labios, su ropa, mi mano…

Damas y caballeros, les presento a Eva.

Mi novia.

Continúa en el capítulo 2: “La peor novia del mundo”.

NOTA: este es el 1er capítulo de un serial que se irá completando a lo largo del verano. viendo las estadísticas del blog he visto que las entradas que más les han interesado han sido las de relatos de ficción, desde luego mucho menos que mis profundos pensamientos sobre mi carrera o la comedia. mensaje captado. no se incomoden por ello, después de todo aquí son ustedes mis invitados.