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pequeños encuentros con la fama (I)

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Miren al famoso humorista, sentado relajadamente en la sala de espera del aeropuerto. Los viajeros le reconocen y saltan de emoción, se dan codazos, le miran con respeto y admiración… Él se limita a asentir con una sonrisa humilde, llena de paz.

Ahora miren un poco más a la derecha. Ahí estoy yo, ojeroso y despeinado, peleándome con el cinturón y de mal humor por el madrugón, porque odio viajar casi tanto como actuar y porque, una vez más (¡oh, sorpresa!) el detector ha pitado a mi paso y he tenido que apartarme de la fila y someterme a un cacheo.

Los viajeros forman una cola ante la puerta de embarque, a pesar de que se trata de un vuelo con asientos numerados. Apenas esperamos sentados media docena de personas. Por fin comienza el embarque y, cuando la cola está a punto de extinguirse, agarro mi mochila y me levanto para ir al mostrador. El humorista famoso se levanta también, detrás de mí. Intento apurar el paso para llegar antes que él, pero tropiezo con los cordones de mis botas (que he olvidado atar, ¿vale? ¡Es demasiado temprano!) y se me adelanta. La señorita del mostrador le reconoce y, extasiada, le pide un beso que el humorista famoso tiene la gracia de concederle. La mujer le mira alejarse unos segundos con un suspiro y, a continuación, se gira hacia mí. La decepción se adueña instantáneamente de su rostro, como si estuviera soñando con vivir en un palacio y se despertara atada sobre sus heces en un burdel de Bangkok. Supongo que no es muy fan de Paramount Comedy.

Entro en el avión. El humorista famoso camina delante de mí. Los viajeros dejan de buscar su asiento y guardar sus equipajes para dejarle paso. Con su barbilla alta y su paso firme parece Moisés, caminando mientras las aguas se abren a su paso. Yo no tengo esa suerte, me abro paso a trompicones, como un leproso en unos grandes almacenes en la apertura de las rebajas, mascullando algún “perdón…” que es recibido con gélidas miradas.

Resoplando, al fin consigo guardar mi mochila y ocupar mi asiento. El humorista famoso está en la fila de atrás, ya confortablemente sentado, atendiendo una llamada de trabajo y cerrando un caché tantas veces superior al mío que me avergüenza intentar calcularlo (pero lo hago igualmente: son doce). En cuanto cuelga el teléfono, una chica joven y atractiva se acerca a él, con mirada emocionada.

-Perdona, ¿sales en la tele?

-Sí- asiente el humorista famoso con su beatífica sonrisa.

-¡Ah! Y… oye, ¿en qué sales?

Me incorporo y miro hacia atrás. El humorista famoso tartamudea una respuesta, confuso. Por primera vez, nuestras miradas se cruzan. Sonrío. En mi cabeza suena la voz de Bob Dylan:

How does it feel…?

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la visita (true story)

coffee

 

Una agradable mañana de verano en la Mansión. Estoy sentado en la mesa de la cocina, aún con mis confortables calzoncillos-de-dormir, mientras espero plácidamente a que se haga mi vigoroso café marca “día”. La calma es abruptamente interrumpida por golpes en mi puerta. No me muevo. No suelo recibir visitas, y mucho menos por la mañana. Me imagino que será un comercial en busca de clientes; o mi casero, en busca de su alquiler; o un Testigo de Jehová en busca de almas. En cualquier caso, no tengo nada para ellos. Vuelven a llamar, esta vez con más fuerza. Cojo aire: no van a conseguir amargarme el día. Más golpes, más fuertes. No aguanto más. Doy un puñetazo a la mesa y me pongo unos pantalones a toda prisa. Dios, cómo odio a todo el mundo. Abro la puerta, desquiciado.

 

-A ver, ¡¿qué?!

-Hola, Denny.

 

Es un hombre de unos cincuenta y tantos años, bastante feo, que luce una gran barba canosa y viste un traje sobado. Estoy a punto de cerrarle la puerta en las narices cuando caigo en que me suena. Le conozco, seguro, me ha llamado por mi nombre y todo… pero no se me ocurre de qué.

 

-Eh… hola. –tanteo.

-¿No me reconoces?- me dice, sonriente.

-¡Sí, hombre, claro!- exclamo, con una risa que me suena falsa hasta a mí. Intento improvisar para ganar tiempo-. Es que… hacía mucho tiempo… ¿no?

-Qué mal mientes. No tienes ni idea de quién soy, ¿verdad?

-Perdona, sé que nos conocemos, pero ahora mismo… Me acabo de levantar y no estoy muy…

El hombre se echa a reír. Tiene una risa escandalosa y desagradable. Empieza a darme miedo.

-Soy tú, Denny.

-¿Qué eres mi qué?

-Soy tú. O, mejor dicho, lo fui. Soy el Denny del futuro.

 

Estoy a punto de mandarle a cagar, cuando me doy cuenta de que… es cierto. El tipo es idéntico a mí. Un poco más estropeado, claro, pero es yo. Y bueno, a ver, una vez te fijas tampoco es que sea tan feo. El viejales tiene un puntito canalla.

 

-¿Puedo…?- me dice, señalando el interior.

-Claro, claro…

 

Entramos en el momento justo, el café está a punto de salirse. Lo apago. El hombre –o sea, yo… el otro “yo”- se sienta, mirando la casa con una sonrisilla extraña… ¿tal vez nostálgica?

 

-¿Te apetece un café?

-Venga.

-¿Cómo te gusta?

 

El hombre levanta una ceja, burlón. Entiendo. Sirvo los dos cafés con leche y cucharada-y-media de azúcar. Asiente, aprobadoramente. Me siento a su lado y esperamos a que se enfríe, en un tenso silencio. Finalmente, reúno el valor para hablar.

 

-¿Y bien? ¿Qué es?

-¿Qué es qué?

-Lo que sea que hayas a decirme desde el futuro. –trago saliva- Venga. Estoy preparado.

-Ah, eso… pues… en realidad, nada.

-¿Cómo “nada”?

-No. Sólo venía a saludar.

 

Me quedo helado. Balbuceo, pero no consigo articular palabra. Mientras, Denny-del-futuro se me queda mirando con ojos de besugo.

 

-Perdona… ¿Te estás quedando conmigo?

-No. ¿Por qué?

-¿Haces un viaje en el tiempo sólo para eso? Tendrás algo más que decirme, espero.

-Oh, claro. –se queda un rato, pensativo- Mucho calor, ¿no?

-Me cago en… ¡Pero serás gilipollas!

-Lo siento. Es que no sé que quieres que te diga.

-Pues no sé, algo sobre mi vida. Se supone que tendrías que darme alguna advertencia, un consejo, o…

-Mmm… pues así, a las bravas… no se me ocurre.

-Por ejemplo… ¿cómo está la situación mundial?

-Igual, supongo.

-¿“supongo”?

-Es que no tengo tele.

-¡Que no tiene tele, dice! ¿Pero tú te crees que esto es normal?

-Bueno, ¿qué pasa? ¿Tienes tele, tú?

-No…

-Ahh… ¿lo ves?- dice, triunfante.

-Bueno, pero no es una cosa intencionada, o sea, espero comprarme una cuando tenga dinero… aunque si tú no la tienes quiere decir que nunca he conseguido… ay, Dios…

-Mira, esto empieza a liarse. Creo que es mejor que me vaya.

-Al menos dime si te va bien, si eres feliz ¿no?

-Pues mira, hoy tenía un buen día, pero me lo estás empezando a joder.

-Entonces, ¿a qué cojones has venido?

-Ya te lo he dicho, imbécil. –me dice entre dientes, poniéndose rojo. ¿Estará loco?-  ¡Sólo quería decirte hola!

-Bueno, pues ¡¡“hola!”!!

-¡¡Hola!!- grita, yéndose- Capullo…

 

Cierro la puerta de un portazo. Oigo cómo se aleja escaleras abajo, farfullando como un psicópata. Paseo por la cocina hasta que me tranquilizo. Entonces tengo una idea: abro el ordenador y entro en e-bay, con el único propósito de encontrar una televisión barata, sólo por joderle. Qué diablos, con suerte podría provocar una paradoja temporal que mandara el Universo a tomar por culo. Veo un par de plasma que no están nada mal… Entonces me acuerdo de que no tengo saldo en mi tarjeta. Tendría que bajar a meter dinero, pero el banco me queda lejos y… en fin, ¿qué más da? Me acabo el café. El sol brilla, pero no me engaña. Todo es una puta mierda, ¿no creen?

 

NOTA: Bueno, verán que esto no forma parte del serial. La verdad es que se está haciendo más grande y complicado de lo que pensaba, pero volverá, no lo duden. Esta entrada nace de un tweet que no llamó mucho la atención, pero a mí me hacía bastante gracia (suele pasarme). También quería hacer algo que sólo me llevara un día, para variar.

 

NOTA2: Por supuesto, todo lo que aquí se narra es real.